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Tres palabras fundamentales

El Papa Francisco, en su reciente Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Irlanda, puso especial énfasis en aspectos relacionados con la convivencia dentro del entorno familiar: “me gusta decir que en las familias necesitamos aprender tres palabras: “perdón”, “por favor” y “gracias”. ¿Cómo son las tres palabras? Todos digamos las tres palabras. No escucho (las personas repiten “perdón, por favor, gracias)”.
Estas tres palabras a las que alude el pontífice, son esas mágicas tres palabras que debe aprender un niño desde muy corta edad, porque son la base de la convivencia, el sustento de una sociedad con valores y los pilares de la buena educación y del civismo. Y precisamente, estas tres palabras son las primeras que se enuncian en el seno de la familia, pues con ellas queda de manifiesto una actitud de respeto. Y subraya el Papa: “Cuando discutas en casa, asegúrate de pedir disculpas y decir que lo sientes antes de irte a la cama. Antes de que termine el día hagan las paces. ¿Saben por qué se debe hacer las paces antes de terminar el día? Porque si no se hace la paz la guerra fría del día siguiente es muy peligrosa”.
“Los niños aprenden a perdonar cuando ven que sus padres se perdonan recíprocamente”, continúa subrayando. Y es que los niños toman como modelo de comportamiento el ambiente de su familia y absorben las instrucciones de sus padres que son quienes tienen la responsabilidad de su educación y de transmitir el sentido de los valores. Y enfatiza en cuanto a papel fundamental de la familia: “En toda sociedad, las familias generan paz, porque enseñan el amor, la aceptación y el perdón, que son los mejores antídotos contra el odio, los prejuicios y la venganza que envenenan la vida de las personas y las comunidad”.
Y Francisco no dejó de pasar la oportunidad de aludir a las redes sociales: “Cuando las redes sociales entran en órbita, cuando en la mesa en vez de hablar en familia, cada uno está con el teléfono y se conecta afuera, está en órbita; esto es peligroso, porque te saca de lo concreto de la familia y te lleva a una vida gaseosa, abstracta, sin consistencia”.
Tampoco es la primera vez que el pontífice hace alusión en sus intervenciones a la influencia negativa que causa entre niños y jóvenes estos sistemas de comunicación avanzada. Algo que los padres nunca deben obviar.

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Valores cívicos y éticos

La polémica vuelve a estar servida. Y es que cada vez que un Gobierno mete mano en el asunto, de inmediato surgen discrepancias. Nos estamos refiriendo al anuncio que acaba de hacer la ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celaá en cuanto a la implantación de una asignatura obligatoria de Valores cívicos y éticos, dentro de la reforma que se hará de la LOMCE y donde además se contempla la eliminación del carácter académico de la asignatura de religión.
De momento, la Comisión Episcopal de Enseñanza advierte de que la asignatura de Religión «perderá valor» si deja de evaluarse(ha sido evaluable desde 1990) y añade que “atenta contra el derecho de los padres –reconocido en la Constitución– que desean que sus hijos reciban formación religiosa y moral de acuerdo a sus convicciones”. Al mismo tiempo, los obispos entienden que “hacer obligatoria para todos los alumnos una asignatura de valores éticos (no meramente cívicos) corre el riesgo de imponer una ética del Estado, o del partido del gobierno».
Para la ministra, esta nueva asignatura, que tendrá contenidos feministas, estará centrada en el tratamiento y análisis de los derechos humanos y de las virtudes cívico-democráticas, entendiendo que “los valores cívicos y éticos son universales”, entre sus posibles contenidos, estarán incluidos los “constitucionales” y serán “patrimonio de todos”. O sea, una nueva versión de la polémica “Educación para la Ciudadanía” y que ya el gobierno del PP también intentó modificar sustituyéndola por “Valores culturales y sociales” en Primaria y “Valores éticos” en la ESO.
Hace cinco años, el Consejo de Estado precisaba que estas asignaturas-al margen de cómo se bauticen-“acaso procedería imponerla como obligatoria en algún momento”, aludiendo a acuerdos del Consejo Europeo y de la Unión Europea tendentes “a velar por el aprendizaje de los valores democráticos con el fin de preparar a las personas para una ciudadanía activa”.
Aquí, de lo que se trata es de formar con transparencia y sin manipular ideológicamente al joven al que hay que insuflarle unos valores sociales de manera que se comporte como un ciudadano modélico, respetando las normas de convivencia y porque la transformación de la enseñanza no depende exclusivamente del sistema, ya que en ella está implicada toda la sociedad, empezando por la familia.

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El mensaje de la corbata

Vamos a hablar de corbatas. No de las que usa Donald Trump, que ya lo hicimos en otra ocasión, más que nada por la forma en que las lleva, sino de esta prenda cuando su utilización a veces conlleva un mensaje, como por ejemplo sucede con el verde y en este caso, porque está relacionado con la actualidad y la vida política y su uso como complemento en la indumentaria.
Y porque el verde ha sido el color elegido por Felipe VI para la ceremonia de toma de posesión de Pedro Sánchez como nuevo presidente del Gobierno. Este color es de los preferidos por nuestro monarca, pues no en vano tiene un significado “monárquico”, dado que VERDE es acrónimo de “Viva el Rey de España” y se remonta este “mensaje” a la época de la República que prohibía la exhibición de elementos relacionados con la Corona, por lo que los monárquicos optaron por el uso de prendas de este color. Cuando Felipe VI fue proclamado Rey, algún miembro de la Familia Real vestía corbata precisamente de este color.
Nuestro actual soberano suele, pues, exhibir estas corbatas en sus comparecencias públicas, como pasó en la entrega de premios Princesa de Asturias, donde además coincidió en el color con el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy o su primer acto como Rey que fue el despacho con el jefe del Gobierno. Es un fondo de armario muy recurrido. Y por cierto, verde era también la corbata elegida por el ya ex presidente en la sesión del Congreso donde se debatía la moción de censura que acabó con su derrocamiento.
Y cuando tomaron posesión los miembros del gabinete de Pedro Sánchez, el rey optó por una corbata en tono granate, que no rojo que posiblemente le hubiese gustado más al sucesor de Mariano Rajoy, quien en esta ceremonia vistió una en tono azul, mientras que en su toma de posesión, llevó una color teja, cuando sabemos que tiene predilección por el rojo más ideológicamente identificado con su pensamiento político-el ex presidente, ese mismo día que cesaba en el cargo, exhibió por una corbata azul tinta con motivos blancos y celestes.
Resumiendo, que en esto de vestir corbata, hay que tener cuidado que se pone uno y en función del acto al que se asista. Y que no le pase como a nuestro monarca, quien en la final de la copa que lleva su nombre entre el Barça y el Sevilla, vestía una corbata con los colores blanco y rojo…que son precisamente los del club andaluz. Sería para darles ánimos intuyendo el resultado del partido.

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Actitudes parlamentarias

Reiteradamente insistimos en proclamar que una cámara legislativa no es un escaparate, o, parafraseando a la presidenta del Congreso, Ana Pastor, no es un “tendedero”- y claro, luego nos extrañamos que exclame “in sotto voce”, expresiones como “Bendito sea Dios”, cuando termina un debate plenario, frase que denota su “agotamiento mental” después de tener que lidiar con unos y otros diputados que sucesivamente, con sus intervenciones, rompen la quietud cameral pero, sobretodo, vulneran el llamado “decoro parlamentario”.
Y hace unos días, también la Cámara legislativa gallega acogió otro “espectáculo” articulado en una puesta en escena con soportes físicos. Para entendernos. El diputado que protagonizó este “gesto mediático”-pues ese es el objetivo de estas actuaciones camerales, que se focalicen en los medios-, esgrimió, primero una bandera gallega con la estrella comunista, que colgó como en un tendal en el frontal de la tribuna de oradores y después, un par de fotos de Felipe VI que procedió a romper para visibilizar su mensaje de discrepancia.
La cuestión era pedir por parte de este parlamentario del grupo nacionalista, la derogación de la Ley de Seguridad Ciudadana, que la oposición tilda como la “Ley Mordaza”, cuando se debatía una iniciativa para que la Xunta instase al Gobierno a que dejase sin efecto su aplicación. “Ni romperlas ni quemarlas es delito, sino un legítimo acto de discrepancia política”, exclamó este diputado. Bueno y dijo que no quemaba las fotos porque estaba en un espacio cerrado. Menos mal que mostró algo de civismo, aunque con su actitud, muy poco de civilidad.
Obviamente, fue replicado, y censurado, por el portavoz del grupo popular, quien le hizo una llamada a orden por su falta de decoro y de respeto a la figura del monarca y además, matizamos, utilizando el espacio foral como una caja de resonancia. Porque una cosa es la libertad de expresión y otra, aprovechando este ejercicio, incurrir en actitudes que están más cerca del esperpento-con permiso de Valle Inclán- que del comportamiento cívico y correcto.
Lamentablemente, como decimos, de un tiempo a esta parte, asistimos a estas deplorables escenas. Decía el erudito ensayista Pedro Laín Entralgo “Es corriente la afirmación de que el Parlamento es el templo de la palabra El lenguaje parlamentario debe ser suasorio. No debe ser, pues, piedra de honda lanzada contra el que oye. Debe tratar no de herirle, no de vulnerarle, no de quebrantarle, sino de convencerle”.

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Ciudadanía ejemplar

“Todos ven lo que pareces, pero pocos comprenden lo que eres”. Esta lacónica frase es del escritor, pensador y estadista florentino, Nicolás Maquiavelo. Pues bien, nos sirve para abrir este artículo en el que nos queremos referir al comportamiento público de nuestra clase política y sobre todo para contextualizar lo sucedido recientemente con una representante de la cámara legislativa gallega.
Nos estamos refiriendo a la diputada Paula Quinteiro, militante de Podemos y miembro del grupo parlamentario de En Marea en la Cámara gallega quien, como se difundió en medios de comunicación, intervino durante una actuación policial en Santiago de Compostela y cuando los agentes intercedían en un acto de vandalismo. Pues bien, según los agentes, la parlamentaria intentó obstruir la identificación de una persona y amenazó a estos con interponer una “interpelación parlamentaria por la actuación policial”, además de afirmar que estaban “interfiriendo en su labor parlamentaria”.
Este es el resumen de la película cuya protagonista está dando muchas tardes políticas de gloria incluso entre sus correligionarios de filas políticas. Y obviamente, la interfecta tiene otra versión de los hechos, por supuesto, más conciliador.
Pero aquí lo que subyace y por este motivo hacemos este comentario, es que cualquier representante público, lo hemos dicho en repetidas ocasiones, tiene que comportarse de forma ejemplar, impoluta, pasar prácticamente inadvertido en su papel como ciudadano. El único lugar donde legítimamente tiene que actuar y “dar la nota” política es en aquella institución a la que corporativamente pertenezca. Fuera de ella, es un ciudadano más y como tal tiene que formar parte del entramado social como un vecino más, compartiendo espacios convivenciales y sometido a las normas sociales del elemento común. No es necesario esgrimir ninguna identificación de su función pública. Cuando pasea por la vía pública, lo único que tiene que hacer es recoger las inquietudes de sus convecinos que le son necesarias para cumplir con su “labor parlamentaria”.
Convendría que nuestros diputados recordasen lo que afirmaba Ortega y Gasset: “Fue instituido el Parlamento a guisa de máquina expansionadora de la política”. Pues que se expansionen exclusivamente dentro de sus sacras paredes.

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Juventud y violencia de género

A veces los resultados de determinadas encuestas o informes nos inducen a una profunda reflexión, o al menos nos debería inducir a un minucioso análisis de los mismos, más allá de los siempre fríos guarismos o seudointerpretaciones que se proporcionan. Aludimos por ejemplo al elaborado por el Centro Reina Sofía sobre “Adolescencia y Juventud” de la Fundación de Ayuda contra la drogadicción (FAD).
Según este barómetro correspondiente al 2017 y que responde al ProyectoScopio, el 27,4 por ciento de los jóvenes ve normal la violencia de género en la relación de pareja. Traduciendo, uno de cada cuatro jóvenes. Casi un 7 por ciento cree que es un problema inevitable que, “aunque esté mal, siempre ha existido”. Otro dato apunta que más del 20 por ciento, en un arco de edad de 15 a 29 años, considera que la violencia machista es “un tema politizado que se exagera mucho”. Para los encuestados, como violencia de género se entiende “agredir o insultar”.
Esta macroencuesta de la FAD abarcó un universo de 1.247 jóvenes, de los cuales más del ochenta y siete por ciento considera el tema como “un problema social muy grave”.
Como comentamos, todo esto nos induce a una reflexión y preguntarnos que le sucede a nuestra sociedad. ¿Qué mal endémico afecta a nuestros valores?. ¿Qué educación están recibiendo nuestros hijos para que haya un significativo porcentaje que de alguna manera “ve normal” que en una relación personal con la pareja pueda darse esa violencia de género…
Cualquier relación ha de estar presidida por una actitud de respeto mutuo. Ya no es cuestión de profesar un afecto personal que conlleva el amor entre dos personas. Es simplemente, como decimos, una actitud de respeto. El historiador, ensayista y filósofo griego Plutarco, aconseja en sus “Obras Morales” apartar a niños y jóvenes del lenguaje obsceno y que se ejerciten en “una vida modesta, el refrenar la lengua, el estar por encima de la ira y el dominar las manos”.
Cuántas veces se a dicho que nuestra juventud actual está inmersa en un estatus de comportamiento bastante precario y que no interioriza el significado de los valores que rigen la vida humana, de ahí que se diga siempre que la sociedad de hoy atraviesa una crisis de valores.
Consiguientemente, informes como el antes aludido deben preocuparnos si queremos que nuestros jóvenes sepan conducirse por la senda correcta.

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Dignidad y respeto

Ha sido otra muestra de los tiempos tan convulsos que socialmente estamos viviendo. Otra muestra donde se mezclan churras con merinas y donde se aprovecha una ocasión para catapultar expresiones que atentan contra la dignidad y el respeto. Nos estamos refiriendo al polémico pregón del pasado Carnaval que promovió el Concello de Santiago.
Como ya conocen, el pregón pronunciado por el dramaturgo Carlos Santiago-ya es también paradoja el apellido-, vertía alusiones sobre el tamaño de los testículos del Apóstol Santiago, usaba la palabra puta para referirse a la Virgen o ironizaba sobre prácticas sexuales cuando se refería a la Pilarica. Todo ello derivó además en un “acto de desagravio” celebrado en la Catedral de Santiago. En el mismo, el arzobispo de Santiago, Julián Barrio dijo que ni el contexto del Carnaval ni la libertad de expresión podían justificar unas ofensas que no concretó y añadió que las “corrientes laicistas generan cristianofobia”
Por otra parte, la Asociación de Abogados Cristianos presentó una querella denunciado dicho pregón “por ser presuntamente constitutivo de un delito contra los sentimientos religiosos tipificado en el Código Penal”. Claro que para el alcalde santiagués, lo ha contextualizado “dentro de la sátira y la crítica» así como «dentro de los límites del humor», añadiendo que “se está a criminalizar un pregón en un contexto de lo que es el Carnaval y la sátira y la crítica me parece terriblemente peligroso” e hizo un llamamiento “a entender los contextos, a entender el humor, a entender las sensibilidades”.
La cuestión es que de un tiempo a esta parte, se están hiriendo demasiadas sensibilidades, y las sátiras se están pasando de frenada, ya provengan de humoristas, actores, raperos o cualquier otro representante del mundo del vodevil. Pero todo sucede porque se suscita desde las esferas políticas antisistema. No hay respeto ni tampoco se actúa con dignidad. La convivencia consiste en esgrimir ideas pero sin herir a quienes no las comparten. Y estos cuadros se reiteran, pero siempre proceden del ámbito político de izquierdas, que parece hacer suyo este patrimonio del insulto o la vejación.
Y luego se habla de pérdida de valores. De lo que hay que hablar es de educación y comportamientos cívicos. De actuar en sociedad haciendo gala de unos atributos decorosos, de no usar la ideología como saetas emponzoñadas. La política requiere de otros mecanismos más pulcros. No hace falta convulsionar a la sociedad para insertar mensajes acordes con el espíritu de quien los promulga.

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