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La fuerza de la mirada

El hecho de que tengamos que usar la mascarilla como medida profiláctica y dentro de nuestras relaciones sociales, está propiciando una nueva forma de interrelacionarnos con nuestros convecinos y sobre todo en el momento de saludarnos.
Es evidente que al tener parcialmente tapado el rostro, no resulta tan asequible manifestar nuestra salutación y además, la mascarilla sólo deja al descubierto nuestros ojos y de ahí la importancia de dominar este aspecto de la comunicación no verbal como es la fuerza de la mirada. Los gestos de los ojos están íntimamente ligados a las emociones más profundas del individuo.
Es posible que ello también signifique que en más de una ocasión nos crucemos con conocidos y por esa solapada circunstancia, obviemos el saludo, pero claro, nunca será una falta de cortesía, sino un “accidente” social. Y por eso ahora mismo cobra enorme importancia el poder de la mirada cuando compartamos espacio con otras personas, pues las conversaciones, en cuanto al aspecto visual, únicamente se van a ceñir a los ojos y al contacto ocular, dado que nuestra boca, que es otra señal de la comunicación no verbal, queda oculta. Y más que nunca, ahora, hay que tener en cuenta esa recomendación básica y que es mirar a los ojos de nuestro interlocutor.
Debemos recordar que mirando a la persona que nos habla le estamos manifestando que nos interesa lo que nos dice. Sin embargo, hay que procurar un exceso de contacto ocular o una mirada demasiado fija. Si retiramos la mirada durante una conversación, estamos mostrando desinterés o timidez e incluso puede entenderse como sumisión o sentimiento de superioridad. Perder el contacto visual mientras se mantiene una charla es representativo de falta de interés en el tema, inseguridad o que la plática se está alargando más de lo necesario.
Y también es oportuno que tengamos en cuenta que el lenguaje de los ojos forma parte del juego de las relaciones humanas y que la mirada correcta es la que se dirige a los ojos o a la zona superior de la cara (la que rodea a los ojos). No olvidemos que las miradas forman parte de un canal de información que emite mensajes en paralelo al del lenguaje hablado y que, por tanto, hay que saber usarlas para que ambos canales estén sincronizados. La mirada puede enfatizar lo que se dice o restarle importancia, e incluso desmentirlo. Evitar el contacto ocular directo suele revelar que una persona miente, al igual que una mirada esquiva y por el contrario, mantenerlo sin pestañear corrobora la sinceridad de lo que se dice.
En resumen, las buenas maneras recomiendan observar los ojos de la persona que nos presentan, con la que se dialoga, con la que debemos mantener un contacto visual caracterizado por la mesura.

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Insultos naturales

Hay que ver que ocurrentes son nuestros políticos. Y no nos estamos refiriendo a alguna de sus decisiones en el ejercicio de su actividad, y que muchas veces son erráticas y estrambóticas. También sus ocurrencias son producto de sus pensamientos y que cada vez que hablan públicamente, parece que sientan cátedra. La cuestión es que cada vez que vayan a abrir la boca, deberían asumir la frase aristotélica “El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice».
La nueva polémica ha sido servida, una vez más, por el “top ten” de los dimes y diretes, el líder podemita y vicepresidente segundo Pablo Iglesias quien en una reciente comparecencia pública justificaba, además en un espacio institucional como es la sede del Gobierno, los «insultos» y las «críticas» a los medios de comunicación, subrayando que en las democracias avanzadas hay que «naturalizar» que “cualquiera que tenga presencia pública o responsabilidades en una empresa de comunicación o en política, están sometidos tanto a la crítica como al insulto en las redes sociales». Y luego matizó «todos los poderes son objeto de crítica, el poder mediático también» y que «otra cosa es la crítica, que al poder mediático es tan legítima como la del poder político».
Dicho de otra forma, licencia para insultar. Cómo cambia la percepción de las cosas según estés de uno o de otro lado. Porque no es lo mismo soltar chácharas como líder de un partido de la oposición que hacerlo desde la palestra de la Moncloa investido con la aureola del poder fáctico, al margen de cómo haya llegado a esa alta representación del Estado.
Además, dos compañeras de Gobierno, que no del partido, salieron al paso para matizar sus manifestaciones. La ministra de Defensa, Margarita Robles afirmó que no compartía que se justifiquen los insultos considerando que «no son aceptables ni en las redes sociales, ni en ningún otro sitio” y añadió que “hay que construir una sociedad basada en el respeto, la tolerancia y en tender puentes” precisando que «el insulto no puede ser tolerado, aunque la crítica es muy sana. Los medios son el oxígeno de la democracia y no comparto las críticas ni las descalificaciones que puedan hacerse».
Y por su parte la ministra portavoz María Jesús Montero, pedía no incurrir en el «insulto y la amenaza» a los periodistas y ha apostado por «imponer el criterio de la razón» como las personas civilizadas» y agregó que «algunas veces la forma de expresarnos puede poner el acento en una cosa u otra» y defendió “la labor «imprescindible» de los periodistas para una «sociedad democrática”.
Qué importante sería que los políticos fuesen a cursos de comunicación para saber cómo hablar en público manteniendo su estatus como tales representantes públicos. Y recordemos que “el político, como el pez, muere por la boca”.

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Los méritos del emérito

Parece que el retiro del Rey don Juan Carlos I está siendo más movido de lo previsto. El padre de nuestro soberano está focalizando la atención de una parte de la clase política que está empeñada en retirar las imágenes del monarca que descansan en instituciones públicas. Nos estamos refiriendo a lo sucedido en el Parlamento de Navarra -Sala de Gobierno del Legislativo foral-, después de que la Junta de Portavoces aprobase una declaración presentada por Izquierda-Ezkerra para su retirada.
Pero todavía más, la portavoz de EH Bildu en el Congreso anunciaba que su grupo parlamentario solicitará la retirada de todos los retratos y estatuas del Rey Juan Carlos que haya repartidos en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo.
Y menos mal que la Mesa del Congreso rechazó la tramitación de la solicitud presentada por Unidas Podemos y otros partidos nacionalistas para investigar “posibles delitos” del anterior monarca, tras su abdicación. Se fundamenta esta decisión en el informe de los letrados del Congreso que oponía a cualquier indagación sobre las actividades de Juan Carlos I “ya que, aunque desde 2014 no sea inviolable, los hechos que se quieren analizar derivan de sus actuaciones cuando era jefe del Estado”.
Así pues, este ilustre miembro de la Familia Real no puede disfrutar de los beneficios que implican un retiro o una jubilación. “Creo que ha llegado el momento de pasar una nueva página en mi vida y de completar mi retirada de la vida pública” le escribía a su hijo, Felipe VI, en la carta que le dirigió con motivo de su “jubilación oficial”. Su situación parece más propia de un emérito que de un honorífico, considerando lo primero como “una persona que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones”, mientras que lo segundo define “enaltecer o premiar el mérito de alguien”.
Tanto Juan Carlos I como su esposa, mantienen vitaliciamente el título de rey y reina con carácter honorífico, tal como se recoge en la modificación del Real Decreto 1368/1987, de 6 de noviembre, sobre régimen de títulos, tratamientos y honores de la Familia Real y de los Regentes y donde asimismo se especifica que recibirán tratamiento de Majestad y honores análogos a los establecidos para el Heredero de la Corona, Príncipe o Princesa de Asturias. Incluso se expresaba gratitud “no es sino la forma de plasmar la gratitud por décadas de servicio a España y a los españoles”.
La Corona atraviesa tiempos convulsos a tenor de las acciones de determinadas fuerzas políticas poco o nada constitucionalistas. Bueno, ya hasta se han liberado sanciones por “ultrajar” una imagen de los soberanos.

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Normalidad, tal cual

Es indudable que esta pandemia del COVID no sólo está dejando huellas sanitarias, sino también sociales, económicas y…lingüísticas. Durante este periodo de tiempo que llevamos transcurrido desde que los ciudadanos estamos condicionados al modo de vivir que está provocando aquella y consecuentemente asistimos a un periplo de innovaciones con el que tenemos que convivir y que otros nos pautan.
En concreto y en relación con los “inventos” del nuevo “lenguaje covid”, el Gobierno se ha empecinado en introducir en nuestra conversación cotidiana, expresiones como “nueva normalidad”, “desescalada” o “cogobernanza”, amén de otras cuyo significado resulta más inteligible y que se prodigan tanto en medios de comunicación como entre ciudadanos y aparte de la nefasta palabra pandemia, proliferan: fases, confinamiento, movilidad, distancia social, rebrote, asintomático, contención, contagio, asimétrica, restricciones, vulnerables, flexibilidad…
En relación con la “nueva normalidad”, de la que ya disfrutamos en Galicia, se nos antoja como una redundancia. La normalidad siempre es normalidad, ya sea nueva o vieja. Si nos acogemos a lo que se dice en el DRAE “Cualidad o condición de normal. Volver a la normalidad”. Por ello, es obvio que le sobra lo de “nueva”. Se trata tan sólo de volver y en ello está que nos depare lo mismo que antes de la pandemia, cada cual con su vida laboral o profesional, social, convivencial… “Es importante que así sea, que el Gobierno de España y su Ministerio de Sanidad tomen las decisiones para garantizar un proceso de transición a la nueva normalidad coherente en toda España”, así se recoge en el “Plan para la transición hacia una nueva normalidad” elaborado por el Gobierno y fechado el 28 de abril. Sin embargo, en el mismo texto luego se explica “la incorporación de criterios sociales en la toma de decisiones es importante para limitar las posibles consecuencias negativas que la enfermedad, las medidas de confinamiento y la recuperación progresiva de la normalidad, puedan tener en determinados colectivos particularmente vulnerables”. Pues eso mismo, prevalece recuperar la normalidad sin necesidad de que sea nueva.
Y luego están los “palabros” que no reconoce ni el DRAE como tales expresiones: desescalada y cogobernanza. Si lo consultamos ya se nos dice que tales palabras “no están en el diccionario”. Textualmente “el Gobierno de España coordinará el proceso de transición a la nueva normalidad, el denominado proceso de desescalada” y también que “el estado de alarma incorpora la ‘cogobernanza’ en la gestión de la desescalada con las comunidades autónomas”. Buceando en el ciberespacio, se traduce más o menos como “interacciones y acuerdos entre gobernantes y gobernados, para generar oportunidades y solucionar los problemas de los ciudadanos, y para construir las instituciones y normas necesarias”.

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Tiempos de solidaridad y respeto

Es más que evidente que esta pandemia que estamos sufriendo nos está obligando a cambiar nuestros comportamientos sociales y hábitos de vida cotidianos. En realidad, se trata de seguir ejerciendo como ciudadanos, asumiendo las pautas básicas de convivencia, pero que en los momentos actuales, tienen que respetarse con más celo que nunca.
Es una etapa de nuestra vida donde más que nunca se hace necesario dar muestras de solidaridad y manifestar nuestro mayor grado sociabilidad aunque no es posible prodigarla. Es tiempo de respetar espacios personales, ahora rebautizados como “distancia social”; colas para acceder ordenadamente a cualquier establecimiento que está obligado a adoptar estas medidas de seguridad sanitaria; observancia de las normas y nuevos códigos sociales que se implantan para regular nuestra convivencia diaria debido a esta pandemia…
Porque nuestras costumbres cotidianas, como decimos, han mudado y tenemos que asumir las nuevas reglas para compartir un espacio común con nuestros convecinos. Desde hacer la compra hasta viajar, pasando por actividades tan singulares como ir a un bar o a una cafetería e incluso a un restaurante o lo mismo ahora que llega el buen tiempo, solazarnos en espacios tan atractivos como la piscina o la playa.
Y es que en estas últimas semanas, prácticamente los ciudadanos tenemos que estar al día en la lectura de un nuevo medio de comunicación como es el Boletín Oficial del Estado y que antaño se conocía como “La Gaceta”- desde que Carlos III decide otorgar a la Corona el privilegio de imprimirla y la publicación se convierte en un medio de información oficial que refleja los criterios y decisiones del Gobierno-. Pues bien, como decimos, asistimos a una inflación de información oficial relativa a las nuevas normas de conductas sociales a que nos obligan las medidas preventivas del COVID 19.
Nos estamos refiriendo a las recomendaciones y en otros casos, obligaciones, relativas a movilidad, paseos y actividad física en espacios públicos, uso mascarillas, prevenciones profilácticas para combatir la pandemia… Estos nuevos, y provisionales códigos sociales, forman parte de nuestros hábitos diarios. Son tiempos de eutrapelia, como tal virtud que modera el exceso de las diversiones o entretenimientos. Tiempos de restricciones y solidaridad y respeto con nuestros convecinos. No hace falta que nos lo diga el Gobierno, pues el sentido común es cuestión de cada uno y todos estamos integrados en el mismo núcleo social. Hoy, más que nunca, el ejercer de buenos ciudadanos tiene que ser nuestra prioridad.

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Mimetismo social

El confinamiento a que nos ha obligado la pandemia del COVID-19 está conllevando nuevas actitudes sociales. Hemos descubierto que la convivencia va más allá de compartir espacios urbanos fuera de tu propia casa. Ahora mismo, el hogar es el punto de referencia para nuestras relaciones personales y que obviamente no son sociales.
Sin embargo, podemos practicar las relaciones sociales con nuestros convecinos del entorno inmediato. Con esos mismos con los que hasta ahora nuestro único contacto se limitaba exclusivamente a las conversaciones “de ascensor”, ya saben, lo de cómo está el tiempo. Eso sí, cualquier relación siempre manteniendo las distancias recomendadas por eso de eludir cualquier riesgo de contagio. Aquí se mezclan las medidas preventivas determinadas por las autoridades sanitarias y la propia cautela personal de cada uno. Todo esto nos induce a actuar por mimetismo social, en acciones solidarias hacia los demás con el afán de compartir un nuevo espacio.
Y así, la sociedad ha descubierto una nueva forma de comunicación, quizás con reminiscencias tribales, como son las citas y convocatorias diarias y que se hacen a través de redes sociales y que nos emplazan a una comparecencia pública en nuestras ventanas y balcones con el propósito de tributar cálidos homenajes populares, expresados por medio de vítores y aplausos, a aquellos colectivos que ahora mismo están en lo que se llama eufemísticamente “primera línea” de esta alerta sanitaria, y en especial el directamente relacionado con los profesionales de la sanidad o de la salud y por supuesto sin obviar a otros como las fuerzas de seguridad o aquellos que día a día están atendiendo aquellos ámbitos que son necesarios para nuestra supervivencia-supermercados, tiendas de alimentación y de higiene, farmacias, limpieza y saneamiento, correos y mensajerías, transportistas, medios de comunicación…. Y muchos más que a veces quedan solapados o sumergidos en el anonimato social.
El propio Papa Francisco en una reciente alocución se ha referido precisamente a la situación actual que afecta a las unidades familiares confinadas en sus hogares y lo hizo recomendando redescubrir y valorar los gestos cotidianos durante el tiempo que permanecerán juntos, “Debemos redescubrir lo concreto de las pequeñas cosas, de los pequeños cuidados que hay que tener hacia nuestros allegados, la familia, los amigos. Comprender que en las pequeñas cosas está nuestro tesoro. Hay gestos mínimos, que a veces se pierden en el anonimato de la vida cotidiana, gestos de ternura, de afecto”. Y añadió que estos gestos familiares de atención a los detalles de cada día que “hacen que la vida tenga sentido y que haya comunión y comunicación entre nosotros”.

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Roce social

Sin duda que esto del “coronavirus” ha alterado nuestra vida social. No hablamos de las medidas sociosanitarias que se están tomando para evitar contagios, sino también cómo afecta a nuestras relaciones sociales cotidianas y especialmente el contacto con nuestros convecinos. Nos referimos a un contacto de cortesía y que por otra parte, con la declaración del Estado de alarma, se han reducido estas relaciones sociales a la más mínima expresión, por no decir que cuasi se han vetado.
Pero aprovechando la cuestión, queremos hablar de la escenificación social del saludo. Algo tan cotidiano como darse la mano, un abrazo o unos besos, se ha convertido en una acción de riesgo, empezando por la propia recomendación que hacen las autoridades sanitarias. Incluso los medios se han hecho eco de varias formas, poco ortodoxas, de saludarse, más allá de las convencionales y tradicionales. Pero incluso, los obispos gallegos han difundido una nota con una serie de recomendaciones cuando se participa en alguna celebración litúrgica como por ejemplo “mantener la indicación de evitar dar la mano y otras formas de contacto físico en el rito de la paz” recordando que según lo previsto en las normas, es posible “prescindir de este rito en estas circunstancias”.
Cabe recordar que el saludo es la forma en que indicamos a los demás que hemos advertido su presencia y les demostramos los sentimientos que nos inspiran. Es tan necesario en sociedad que la forma más contundente de expresar el enfado con una persona es negarle el saludo, cosa que se interpreta como un desprecio o incluso un propósito deliberado de ofenderle. Pues bien, como decimos, estos días los ciudadanos tendemos a evitar estas expresiones consuetudinarias de saludo-apretón de manos o el beso en la mejilla que, por cierto, siempre ha de ser “seco”-. No implica, pues, un desaire el evitar estas fórmulas, lo que pasa es que, por inercia, se tiende a no proliferar con las mismas.
Así pues, en estos tiempos tan inciertos en cuanto al tipo de relación que hay que mantener con nuestros congéneres, es cuando cobra valor la aplicación de que lo que se entiende por “proxemia” y que contempla el análisis de los comportamientos no verbales referidos a la utilización del espacio en el que se produce la relación entre una persona y sus semejantes. El hábito latino de relacionarse a una distancia muy próxima a nuestros semejantes como gesto de confianza es propio de culturas de contacto y donde también encuentran los países de la Europa mediterránea y árabes, mientras que las culturas de “no contacto” abarcan países del norte de Europa y América y Japón.
Edward Hall, el antropólogo que precisó este concepto de proxemia, estableció una “zona íntima” de aproximación y que abarca la comprendida entre 15 y 46 centímetros de distancia y es apropiada para personas de nuestro círculo íntimo, familiares o amistades y luego la “zona social” que comprende de 1,20 a 3,60 metros y adecuada con personas ajenas a nuestro entorno y que es la distancia habitual en las reuniones formales.

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Rizar el rizo de la lengua

Nuestra clase política-recordamos que cuando decimos clase nos referimos a “conjunto de personas del mismo grado, calidad u oficio” y no, en este caso, a la otra acepción que contempla nuestro Diccionario “Distinción, categoría”-, tiene la costumbre de meterse muchas veces en fregados que no están relacionados con la gestión directa del ejercicio de sus funciones y cuya finalidad no es otra que mejorar la calidad de vida de los ciudadanos administrados. Y esto es lo que está sucediendo de un tiempo a esta parte en lo que atañe a lo que se llama “lenguaje inclusivo”.
Todo empezó cuando estos políticos de nuevo cuño se empiezan a preocupar por lo masculino y lo femenino. Recientemente la Real Academia Española emitió un informe, a requerimiento del Gobierno y donde sostiene, en un texto aprobado por unanimidad, que “la Constitución es «gramaticalmente impecable», si bien no es proclive a favor de modificar el lenguaje de nuestra Carta Magna, en el supuesto de hacer una reforma, le parece correcto desdoblar palabras como rey o reina o príncipe y princesa y dado que, por ejemplo, el sustantivo princesa no aparece en la misma, la Academia recomienda reemplazar esas expresiones por ‘el príncipe o la princesa de Asturias”.
Claro que también aconseja «desdoblar ocasionalmente» en este texto constitucional las expresiones como por ejemplo, a «presidente o presidenta del Gobierno». No obstante, se mantiene firme en lo que atañe a plurales como «españoles», «ciudadanos», «ministros», «militares», «funcionarios» o «embajadores», aseverando que “tienen inequívocamente» un valor inclusivo ya que se refieren tanto a hombres como a mujeres”.
La “vicepresidenta” del Gobierno-cargo al que hay que añadir ministra de la Presidencia y Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática-, sostiene que “avanzar en el lenguaje inclusivo o pararlo no está en las manos de nadie: está en la calle y en nuestras vidas. Se trata de algo tan normal, tan democrático y tan deseable como que el lenguaje ayude a recoger la realidad que ya existe”. Dicho queda. Claro que en ese momento no se acordaría, por ejemplo, famosos inventos inclusivos como cuando otra ministra socialista Bibiana Aido dijo aquello de “miembros” o la flamante nueva ministra podemita Irene Montero lo de “portavozas”.
Pero todavía más. La citada vicepresidenta ha solicitado que el Congreso de los Diputados se renombre y se llame únicamente “Congreso” para evitar la exclusión de las diputadas, afirma. ”Si dicen vicepresidente yo no me siento aludida”, añade la ínclita enfatizando que “la mujeres tienen derecho a que “el texto de nuestra Constitución, nos llame por nuestro género: presidentas, ministras y diputadas”.

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La incongruencia del político

España tiene una monarquía parlamentaria como forma política, tal como se consagra en el artículo 1 punto 3 de nuestra Carta Magna. Dicho esto, sigue siendo una manifiesta incongruencia que determinados políticos, con escaño en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, aseveren que no tienen rey… Pues en coherencia con su argumento, lo lógico es que dejen el sitial que ocupen y se vayan a su casa.
Esto se ha vuelto a poner de relieve esta semana con ocasión de la sesión solemne de inicio de la nueva legislatura y que presidió Felipe VI quien acudió en compañía de la reina y de sus hijas. La familia real al completo. Y por cierto, el monarca aseguró que estaba en el Congreso «por respeto a los que encarnan el poder legislativo», aunque visto lo visto, lo de encarnar ese poder debería precisarse.
El caso es que de un tiempo a esta parte, cada vez que se celebra alguna sesión en esta Cámara, de las que se califican de “solemnes” como la de investidura o constitución, se producen y mejor dicho, se reproducen escenas nada edificantes, dado que se acaba cuestionando la representación institucional. Digamos que las buenas maneras o la cortesía parlamentaria ha pasado a mejor vida y ahora sólo privan los postureos políticos cuya finalidad no es otra que buscar el impacto mediático.
Y si hablamos de incongruencia es porque en esta sesión conjunta del Congreso y del Senado que presidió nuestro soberano, se ha verificado un cambio de cromos. En la última comparecencia del rey en este mismo espacio cameral, los representantes de Unidas Podemos obviaron el aplauso de cortesía y permanecieron estáticos. Pues bien, cómo transforma la erótica del poder que en esta ocasión los ministros pertenecientes a esta formación política, sí prorrumpieron en aplausos, aunque no pasó lo mismo con los diputados de este partido cuya práctica mayoría declinó hacerlo. Y es que hubiese quedado una foto muy fea ver al gabinete coaligado de Pedro Sánchez aplaudiendo fragmentado. Pero claro, les va en el sueldo. Algo similar, que también lo comentamos, cuando estos ministros tomaron posesión y lo hicieron respetando el texto oficial que tiene que leer para asumir el cargo y evitaron “improvisar” como hicieron en el Congreso.
Está visto que el poder transforma al más díscolo. Ya lo hemos dicho en más de una ocasión. Los representantes públicos están obligados a observar las normas que regulan los distintos estamentos institucionales, dado que esas mismas normas son las que les permiten asumir funciones dentro del organigrama del Estado. Y en puro ejercicio congruente, hay que asumir estas responsabilidades, porque, de lo contrario, sería un acto de hipocresía y que últimamente estamos constatando.

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El sainete tragicómico cameral

Si nos atenemos a lo que reza el Diccionario de la Real Academia Española, por sainete se entiende “obra teatral en uno o más actos, frecuentemente cómica, de ambiente y personajes populares, que se representa como función independiente” o también “pieza dramática en un acto, de carácter popular y burlesco, que se representaba como intermedio o al final de una función” y finalmente, en sentido coloquial “situación o acontecimiento grotescos o ridículos y a veces tragicómicos”. Mientras que tragicomedia significa “obra dramática con rasgos de comedia y de tragedia” o “Situación o acontecimiento en que se mezclan lo trágico y lo cómico”.
Pues bien, tanto de sainete como de tragicomedia podemos calificar, una vez más, la ceremonia-que lo es, con toda la solemnidad que ello implica-de constitución del Congreso de los Diputados correspondiente a su XIV legislatura. Ceremonia, lo fue, pero del esperpento-con licencia valleinclanesca y por mucho parecido físico que tuviese con este autor el diputado socialista Agustín Zamarrón, quien volvió a presidir la mesa de edad como hizo en la recientemente fenecida legislatura precedente por la que por cierto, pidió perdón por su incumplimiento-. Y por supuesto, estuvo carente de la solemnidad que requería tal ceremonia desarrollada en un espacio tan magno y mayestático como es el Palacio de la Carrera de San Jerónimo.
Y resulta curioso que este noble edificio sea la sede donde se reúnen a deliberar-aunque a veces sería mejor decir a “atribular”- nuestros llamados eufemísticamente “padres de la patria”, pero qué padres y de qué patria, porque según lo visto, hay más de una en este estado llamado España. Y decimos curioso que estos que ejercerán como diputados- por obra y gracia de la Constitución que muchos de los allí presentes denostan- dado que el santo al que debe el nombre tal lugar está considerado Padre de la Iglesia-uno de los cuatro grandes padres latinos- y a él se debe la traducción al latín de la Biblia, llamada la Vulgata (de vulgata editio, ‘edición para el pueblo’ y que fué la versión única y oficial de la Biblia para la Iglesia latina hasta la promulgación de la Nova Vulgata(1979).
Conviene asimilar estos conocimientos históricos, pues la gran responsabilidad de quienes acaban de ocupar los escaños del Congreso, entre empujones para coger el mejor sitial, ridiculeces a la hora de prestar la fórmula del juramento o promesa vulnerando no sólo un reglamento sino las reglas de sentido común-por mucho respeto que pidiese la reelegida presidenta-, es la elaboración de leyes que regirán la vida de los convecinos-electores y, sobre todo, actuando conforme a nuestra magna obra que es la Constitución, de un tiempo a esta parte acosada y que es como la Biblia de la ciudadanía. La de San Jerónimo duró unos cuantos siglos y sin vilipendios.

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