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La fuerza de la mirada

El hecho de que tengamos que usar la mascarilla como medida profiláctica y dentro de nuestras relaciones sociales, está propiciando una nueva forma de interrelacionarnos con nuestros convecinos y sobre todo en el momento de saludarnos.
Es evidente que al tener parcialmente tapado el rostro, no resulta tan asequible manifestar nuestra salutación y además, la mascarilla sólo deja al descubierto nuestros ojos y de ahí la importancia de dominar este aspecto de la comunicación no verbal como es la fuerza de la mirada. Los gestos de los ojos están íntimamente ligados a las emociones más profundas del individuo.
Es posible que ello también signifique que en más de una ocasión nos crucemos con conocidos y por esa solapada circunstancia, obviemos el saludo, pero claro, nunca será una falta de cortesía, sino un “accidente” social. Y por eso ahora mismo cobra enorme importancia el poder de la mirada cuando compartamos espacio con otras personas, pues las conversaciones, en cuanto al aspecto visual, únicamente se van a ceñir a los ojos y al contacto ocular, dado que nuestra boca, que es otra señal de la comunicación no verbal, queda oculta. Y más que nunca, ahora, hay que tener en cuenta esa recomendación básica y que es mirar a los ojos de nuestro interlocutor.
Debemos recordar que mirando a la persona que nos habla le estamos manifestando que nos interesa lo que nos dice. Sin embargo, hay que procurar un exceso de contacto ocular o una mirada demasiado fija. Si retiramos la mirada durante una conversación, estamos mostrando desinterés o timidez e incluso puede entenderse como sumisión o sentimiento de superioridad. Perder el contacto visual mientras se mantiene una charla es representativo de falta de interés en el tema, inseguridad o que la plática se está alargando más de lo necesario.
Y también es oportuno que tengamos en cuenta que el lenguaje de los ojos forma parte del juego de las relaciones humanas y que la mirada correcta es la que se dirige a los ojos o a la zona superior de la cara (la que rodea a los ojos). No olvidemos que las miradas forman parte de un canal de información que emite mensajes en paralelo al del lenguaje hablado y que, por tanto, hay que saber usarlas para que ambos canales estén sincronizados. La mirada puede enfatizar lo que se dice o restarle importancia, e incluso desmentirlo. Evitar el contacto ocular directo suele revelar que una persona miente, al igual que una mirada esquiva y por el contrario, mantenerlo sin pestañear corrobora la sinceridad de lo que se dice.
En resumen, las buenas maneras recomiendan observar los ojos de la persona que nos presentan, con la que se dialoga, con la que debemos mantener un contacto visual caracterizado por la mesura.

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Insultos naturales

Hay que ver que ocurrentes son nuestros políticos. Y no nos estamos refiriendo a alguna de sus decisiones en el ejercicio de su actividad, y que muchas veces son erráticas y estrambóticas. También sus ocurrencias son producto de sus pensamientos y que cada vez que hablan públicamente, parece que sientan cátedra. La cuestión es que cada vez que vayan a abrir la boca, deberían asumir la frase aristotélica “El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice”.
La nueva polémica ha sido servida, una vez más, por el “top ten” de los dimes y diretes, el líder podemita y vicepresidente segundo Pablo Iglesias quien en una reciente comparecencia pública justificaba, además en un espacio institucional como es la sede del Gobierno, los “insultos” y las “críticas” a los medios de comunicación, subrayando que en las democracias avanzadas hay que “naturalizar” que “cualquiera que tenga presencia pública o responsabilidades en una empresa de comunicación o en política, están sometidos tanto a la crítica como al insulto en las redes sociales”. Y luego matizó “todos los poderes son objeto de crítica, el poder mediático también” y que “otra cosa es la crítica, que al poder mediático es tan legítima como la del poder político”.
Dicho de otra forma, licencia para insultar. Cómo cambia la percepción de las cosas según estés de uno o de otro lado. Porque no es lo mismo soltar chácharas como líder de un partido de la oposición que hacerlo desde la palestra de la Moncloa investido con la aureola del poder fáctico, al margen de cómo haya llegado a esa alta representación del Estado.
Además, dos compañeras de Gobierno, que no del partido, salieron al paso para matizar sus manifestaciones. La ministra de Defensa, Margarita Robles afirmó que no compartía que se justifiquen los insultos considerando que “no son aceptables ni en las redes sociales, ni en ningún otro sitio” y añadió que “hay que construir una sociedad basada en el respeto, la tolerancia y en tender puentes” precisando que «el insulto no puede ser tolerado, aunque la crítica es muy sana. Los medios son el oxígeno de la democracia y no comparto las críticas ni las descalificaciones que puedan hacerse».
Y por su parte la ministra portavoz María Jesús Montero, pedía no incurrir en el «insulto y la amenaza» a los periodistas y ha apostado por «imponer el criterio de la razón» como las personas civilizadas» y agregó que «algunas veces la forma de expresarnos puede poner el acento en una cosa u otra» y defendió “la labor «imprescindible» de los periodistas para una «sociedad democrática”.
Qué importante sería que los políticos fuesen a cursos de comunicación para saber cómo hablar en público manteniendo su estatus como tales representantes públicos. Y recordemos que “el político, como el pez, muere por la boca”.

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Ceremonia de simbolismos

La plaza de la Armería del Palacio Real fue el escenario institucional donde se celebró el “Homenaje de Estado a las víctimas de la coronavirus y de reconocimiento a la sociedad”, tal como rezaba en la invitación oficial. Implícitamente este reconocimiento era a los colectivos que le han hecho frente a esta pandemia en primera línea.
El acto fue presidido por el rey y en el mismo participaron representantes de instituciones, partidos-no estaban todos- y otros invitados. El presidente del Gobierno recibió a la Familia Real y a continuación se dirigieron a la línea de saludo para cumplimentar a las altas autoridades allí presentes. Saludo obviamente gestual, sin contacto físico como marcan las normas de cortesía y adaptándose a las pautas profilácticas del COVID.
Ha sido una ceremonia a la que se le quiso imprimir un carácter civil, laico y pletórica de simbolismo con un planteamiento sobrio y una arquitectura social muy peculiar, exenta de rimbombancias y evitando significados que pudieran suscitar otras interpretaciones. No vamos a polemizar respecto a cómo se generó la invitación oficial que cursó el propio Gobierno e incluso el formato del texto que poco tiene que ver con una redacción estandarizada tradicional: “El presidente del Gobierno transmite su deseo de compartir con…” y donde comunicaba que el acto iba a estar presidido por Su Majestad el Rey. Como tampoco matizar si fue correcto o no que invite el titular del Ejecutivo a un evento que preside el monarca y que se celebra “en su casa”…
Se montó una escenografía con una sobriedad en la estética-montaje de las sillas, de plástico blanco y sin estar vestidas, en círculo rodeando el pebetero central con la llama en honor de las víctimas y ubicado sobre una plataforma y en sus ángulos un discreto ornato floral verde, dos líneas de banderas de España y de todas las Comunidades Autónomas y el atril con el escudo de la Casa Real y la mayoría invitados con mascarillas oscuras, aunque algunos las portaban menos austeras y con logos o dibujos.
Y sobriedad en el desarrollo de la misma con la interpretación del himno nacional por la orquesta y coro de RTVE-otra opción hubiera sido, por ejemplo, la banda de música de la Guardia Real, pero el Gobierno prefirió mantener el espíritu “civil” del evento-, encendido de la llama, la ofrenda floral junto al pebetero, intervenciones por parte un representante en nombre de las víctimas y de los colectivos que han estado en primera línea de asistencia y finalmente la alocución del soberano.
Cosa distinta ha sido la misa en memoria de las víctimas convocada por la Conferencia Episcopal y a la que también asistieron los Reyes y que obviamente no tenía rango de “funeral de Estado” dada la entidad convocante.
El Gobierno ha optado por una ceremonia sin exaltaciones políticas de las que últimamente estamos sobrados debido al exceso de teatralidad y gestualidad por parte de nuestros representantes públicos. De hecho se produjeron imágenes inusuales, como la presencia del presidente de la Generalitat, quien accedió al lado de los flamantes reelegidos titulares de los gobiernos gallego y vasco. Y usual como al líder podemita con traje pero sin corbata, no sea que se vayan a romper moldes.

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Situaciones embarazosas

En ocasiones, en nuestras relaciones convivenciales, podemos encontrarnos en situaciones “sociales” embarazosas. Seguro que más de uno mientras lee esto, estará rememorando esos momentos “incómodos” y que para quien quiera dejar buena imagen ante los demás, a buen seguro que lo recuerda con sonrojo.
No obstante, hay otras personas que las protagonizan con tanta naturalidad que no sienten ningún ridículo y que además incluso puede llegar a convertirse en un actor consuetudinario de tales escenas sociales. Y con esto del COVID, ya hemos comentado anteriormente que estamos obligados a relacionarnos con los demás mediante otros usos concernientes a nuestro lenguaje gestual.
Y si no, que se lo digan al propio Felipe VI, quien con motivo del pasado acto institucional de escenificación de la reapertura de fronteras entre España y Portugal celebrado en Badajoz, siguiendo los instintos sociales, nada más bajar del coche se encontraba esperándole el presidente del Gobierno y a quien le iba a saludar con la mano, pero al darse cuenta de las “restricciones sociales” corrigió el movimiento, mientras el jefe del ejecutivo permanecía con la manos detrás del cuerpo mientras le explicaba que no podía corresponderle a su saludo. Más que nada por cuestión profiláctica antes que protocolaria o de cortesía.
Además, la justificación de estas nuevas maneras sociales de evitar el saludo tradicional, ha servido de excusa para que los mandatarios participantes iniciasen la conversación de bienvenida nada más encontrarse.
Y por cierto, que en ese mismo acto Pedro Sánchez tuvo como “asesor de protocolo” al mismísimo Felipe VI, pues cuando iban a posar para la foto oficial en la alcazaba, el rey corrigió la posición de aquel para que pasase a un lateral de la formación, dado que éste quiso que en el centro de la misma se situasen el presidente de la República portuguesa y el primer ministro luso, entendemos que como un gesto de cortesía por parte del anfitrión hacia sus invitados.
Y otro dato ceremonial producido en este acto y que se está repitiendo hasta la saciedad, es que la “línea de saludos” donde la máxima autoridad es recibida por otras personalidades, obvia el apretón de manos y se sustituye por una inclinación de cabeza. Es el nuevo protocolo COVID que está mudando los hábitos sociales evitando cualquier expresión de cortesía mediante contacto físico.

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Banderas y pancartas

La Sala Tercera, de lo Contencioso-Administrativo, del Tribunal Supremo ha dictado una sentencia en la que fija como doctrina “que no resulta compatible con el marco constitucional y legal vigente, y en particular, con el deber de objetividad y neutralidad de las Administraciones Públicas la utilización, incluso ocasional, de banderas no oficiales en el exterior de los edificios y espacios públicos, aun cuando las mismas no sustituyan, sino que concurran, con la bandera de España y las demás legal o estatutariamente instituidas”.
Esta determinación, que anuló el acuerdo del pleno municipal de Santa Cruz de Tenerife que reconocía la bandera de las siete estrellas verdes como la oficial de Canarias y acordando su enarbolamiento en un lugar destacado del Ayuntamiento, deja claro que no se puede colgar ninguna enseña en fachada alguna de Casas Consistoriales aunque bien puede extenderse a cualquier edificio público.
Esta es una vieja polémica, pues desde hace tiempo es usual que se utilicen las fachadas de estos inmuebles para exhibir enseñas o pancartas reivindicativas o con mensajes. La cuestión está en que una cosa es una bandera izada en un mástil, y otra un elemento tipo pancarta colgado desde una ventana o balcón. Y aquí radica la diferencia entre una enseña “oficial” y un cartel de medidas no estandarizadas que se expone al público desde la fachada de ese edificio institucional.
Como quiera que dicha sentencia (564/2020) se refiere a banderas oficiales, ahí surgen las interpretaciones subjetivas y más aún cuando el Defensor del Pueblo ha comunicado que las “banderas” que representan a colectivos y movimientos sociales y colectivos no se ven afectadas. Y como decimos, no es lo mismo una “bandera” como tal que una pancarta y no es lo mismo que ésta se cuelgue de un mástil del balcón o que penda desde una ventana u otro lugar de la fachada.
Mientras tanto, entre dimes y diretes, con motivo de la reciente celebración del día del Orgullo Gay, unos Ayuntamientos exhibieron el símbolo arcoíris y otros optaron por no hacerlo, ante dicha sentencia del Tribunal Supremo.
La cuestión es que la Ley 39/1981, de 28 de octubre, por la que se regula el uso de la bandera de España y el de otras banderas y enseñas precisa en su artículo tercero que “la bandera de España será la única que ondee y se exhiba en las sedes de los órganos constitucionales del Estado y en la de los órganos centrales de la Administración del Estado” y junto a ella las demás enseñas consideradas oficiales. Más claro, agua. Por eso, la exhibición de cualquier otra que no tenga esta calificación como tales, implica una vulneración flagrante de la propia ley.

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Los méritos del emérito

Parece que el retiro del Rey don Juan Carlos I está siendo más movido de lo previsto. El padre de nuestro soberano está focalizando la atención de una parte de la clase política que está empeñada en retirar las imágenes del monarca que descansan en instituciones públicas. Nos estamos refiriendo a lo sucedido en el Parlamento de Navarra -Sala de Gobierno del Legislativo foral-, después de que la Junta de Portavoces aprobase una declaración presentada por Izquierda-Ezkerra para su retirada.
Pero todavía más, la portavoz de EH Bildu en el Congreso anunciaba que su grupo parlamentario solicitará la retirada de todos los retratos y estatuas del Rey Juan Carlos que haya repartidos en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo.
Y menos mal que la Mesa del Congreso rechazó la tramitación de la solicitud presentada por Unidas Podemos y otros partidos nacionalistas para investigar “posibles delitos” del anterior monarca, tras su abdicación. Se fundamenta esta decisión en el informe de los letrados del Congreso que oponía a cualquier indagación sobre las actividades de Juan Carlos I “ya que, aunque desde 2014 no sea inviolable, los hechos que se quieren analizar derivan de sus actuaciones cuando era jefe del Estado”.
Así pues, este ilustre miembro de la Familia Real no puede disfrutar de los beneficios que implican un retiro o una jubilación. “Creo que ha llegado el momento de pasar una nueva página en mi vida y de completar mi retirada de la vida pública” le escribía a su hijo, Felipe VI, en la carta que le dirigió con motivo de su “jubilación oficial”. Su situación parece más propia de un emérito que de un honorífico, considerando lo primero como “una persona que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones”, mientras que lo segundo define “enaltecer o premiar el mérito de alguien”.
Tanto Juan Carlos I como su esposa, mantienen vitaliciamente el título de rey y reina con carácter honorífico, tal como se recoge en la modificación del Real Decreto 1368/1987, de 6 de noviembre, sobre régimen de títulos, tratamientos y honores de la Familia Real y de los Regentes y donde asimismo se especifica que recibirán tratamiento de Majestad y honores análogos a los establecidos para el Heredero de la Corona, Príncipe o Princesa de Asturias. Incluso se expresaba gratitud “no es sino la forma de plasmar la gratitud por décadas de servicio a España y a los españoles”.
La Corona atraviesa tiempos convulsos a tenor de las acciones de determinadas fuerzas políticas poco o nada constitucionalistas. Bueno, ya hasta se han liberado sanciones por “ultrajar” una imagen de los soberanos.

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Normalidad, tal cual

Es indudable que esta pandemia del COVID no sólo está dejando huellas sanitarias, sino también sociales, económicas y…lingüísticas. Durante este periodo de tiempo que llevamos transcurrido desde que los ciudadanos estamos condicionados al modo de vivir que está provocando aquella y consecuentemente asistimos a un periplo de innovaciones con el que tenemos que convivir y que otros nos pautan.
En concreto y en relación con los “inventos” del nuevo “lenguaje covid”, el Gobierno se ha empecinado en introducir en nuestra conversación cotidiana, expresiones como “nueva normalidad”, “desescalada” o “cogobernanza”, amén de otras cuyo significado resulta más inteligible y que se prodigan tanto en medios de comunicación como entre ciudadanos y aparte de la nefasta palabra pandemia, proliferan: fases, confinamiento, movilidad, distancia social, rebrote, asintomático, contención, contagio, asimétrica, restricciones, vulnerables, flexibilidad…
En relación con la “nueva normalidad”, de la que ya disfrutamos en Galicia, se nos antoja como una redundancia. La normalidad siempre es normalidad, ya sea nueva o vieja. Si nos acogemos a lo que se dice en el DRAE “Cualidad o condición de normal. Volver a la normalidad”. Por ello, es obvio que le sobra lo de “nueva”. Se trata tan sólo de volver y en ello está que nos depare lo mismo que antes de la pandemia, cada cual con su vida laboral o profesional, social, convivencial… “Es importante que así sea, que el Gobierno de España y su Ministerio de Sanidad tomen las decisiones para garantizar un proceso de transición a la nueva normalidad coherente en toda España”, así se recoge en el “Plan para la transición hacia una nueva normalidad” elaborado por el Gobierno y fechado el 28 de abril. Sin embargo, en el mismo texto luego se explica “la incorporación de criterios sociales en la toma de decisiones es importante para limitar las posibles consecuencias negativas que la enfermedad, las medidas de confinamiento y la recuperación progresiva de la normalidad, puedan tener en determinados colectivos particularmente vulnerables”. Pues eso mismo, prevalece recuperar la normalidad sin necesidad de que sea nueva.
Y luego están los “palabros” que no reconoce ni el DRAE como tales expresiones: desescalada y cogobernanza. Si lo consultamos ya se nos dice que tales palabras “no están en el diccionario”. Textualmente “el Gobierno de España coordinará el proceso de transición a la nueva normalidad, el denominado proceso de desescalada” y también que “el estado de alarma incorpora la ‘cogobernanza’ en la gestión de la desescalada con las comunidades autónomas”. Buceando en el ciberespacio, se traduce más o menos como “interacciones y acuerdos entre gobernantes y gobernados, para generar oportunidades y solucionar los problemas de los ciudadanos, y para construir las instituciones y normas necesarias”.

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Tiempos de solidaridad y respeto

Es más que evidente que esta pandemia que estamos sufriendo nos está obligando a cambiar nuestros comportamientos sociales y hábitos de vida cotidianos. En realidad, se trata de seguir ejerciendo como ciudadanos, asumiendo las pautas básicas de convivencia, pero que en los momentos actuales, tienen que respetarse con más celo que nunca.
Es una etapa de nuestra vida donde más que nunca se hace necesario dar muestras de solidaridad y manifestar nuestro mayor grado sociabilidad aunque no es posible prodigarla. Es tiempo de respetar espacios personales, ahora rebautizados como “distancia social”; colas para acceder ordenadamente a cualquier establecimiento que está obligado a adoptar estas medidas de seguridad sanitaria; observancia de las normas y nuevos códigos sociales que se implantan para regular nuestra convivencia diaria debido a esta pandemia…
Porque nuestras costumbres cotidianas, como decimos, han mudado y tenemos que asumir las nuevas reglas para compartir un espacio común con nuestros convecinos. Desde hacer la compra hasta viajar, pasando por actividades tan singulares como ir a un bar o a una cafetería e incluso a un restaurante o lo mismo ahora que llega el buen tiempo, solazarnos en espacios tan atractivos como la piscina o la playa.
Y es que en estas últimas semanas, prácticamente los ciudadanos tenemos que estar al día en la lectura de un nuevo medio de comunicación como es el Boletín Oficial del Estado y que antaño se conocía como “La Gaceta”- desde que Carlos III decide otorgar a la Corona el privilegio de imprimirla y la publicación se convierte en un medio de información oficial que refleja los criterios y decisiones del Gobierno-. Pues bien, como decimos, asistimos a una inflación de información oficial relativa a las nuevas normas de conductas sociales a que nos obligan las medidas preventivas del COVID 19.
Nos estamos refiriendo a las recomendaciones y en otros casos, obligaciones, relativas a movilidad, paseos y actividad física en espacios públicos, uso mascarillas, prevenciones profilácticas para combatir la pandemia… Estos nuevos, y provisionales códigos sociales, forman parte de nuestros hábitos diarios. Son tiempos de eutrapelia, como tal virtud que modera el exceso de las diversiones o entretenimientos. Tiempos de restricciones y solidaridad y respeto con nuestros convecinos. No hace falta que nos lo diga el Gobierno, pues el sentido común es cuestión de cada uno y todos estamos integrados en el mismo núcleo social. Hoy, más que nunca, el ejercer de buenos ciudadanos tiene que ser nuestra prioridad.

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Foros desaforados

Hacía tiempo que no asistíamos a debates parlamentarios fuera de tono. Es más, teníamos la impresión que esta “tregua política” que había provocado la pandemia del COVID 19-hasta incluso los soberanistas catalanes se habían olvidado el “España nos roba” y otras lindezas similares independentistas-, estaba reflejando una quietud política exenta de exacerbados discursos, pletóricos de cargas de profundidad.
Pero no. Acabamos de comprobar que han vuelto por sus fueros los aforados que han utilizado el foro parlamentario para protagonizar desaforados debates. Y es algo más que un sutil juego de palabras. Nos estamos refiriendo a los “desencuentros dialécticos” con dirigentes del Partido Popular y VOX que protagonizó el actual vicepresidente segundo del Gobierno y otrora paradigmático líder de un partido político que luchaba para erradicar la casta y las puertas giratorias, Pablo Iglesias Turrión, con segundo apellido para que no se le confunda con el histórico fundador del PSOE.
Uno de ellos se produjo en el magno hemiciclo del Congreso de los Diputados-en donde, por cierto, la última sesión también resultó desabrida en la mayor parte de las intervenciones de los comparecientes – y por cuya palestra a lo largo de su historia han desfilado insignes y preclaros oradores quienes han dejado patente una clara aportación a lo que se entiende como parlamentarismo, donde las ideas se manifiestan mediante escogidas palabras, exentas de imprecaciones o vejaciones. Pues bien, nuestro Congreso actual-ubicado en el mismo Palacio de la Carrera de San Jerónimo- rezuma otras prácticas oratorias más propias de tabernas. No se trata solamente de utilizar una estrategia de comunicación cuyo único propósito es arrumbar a tu rival político y que en este sentido lo ves más como un “enemigo” que como adversario. Se trata de echar mano de expresiones que no están conformes a la doctrina de ese acendrado parlamentarismo y cuyo objetivo no es otro que conseguir que las mismas tengan incidencia mediática y que sin duda supone mayor repercusión que lo que se dice en una sesión del Congreso y que en la mayoría de las ocasiones sólo queda fielmente contemplado en el Diario de sesiones, aunque muchas veces, cuando la intervención del diputado raya con lo exabrupto, la Presidencia de la Cámara pide que no se recojan.
Es evidente que se requiere mucha cintura para ejercer hoy en día de representante público en un foro cameral en el que se está allí por elección popular. El buen tono debe presidir siempre las intervenciones pero un debate tiene que estar exento de visceralidades. Por ello, como decimos, cuando el ciudadano contempla estos rifirrafes, al margen de quien los protagonice, tendrá la sensación que algo está fallando y que no es necesario crispar una discusión introduciendo argumentos fuera de contexto y que va en detrimento de la imagen del político.

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Pan y Circo

“Pan y circo” es una locución latina que describe la práctica de un gobierno que, para mantener serena a la población y solapar hechos controvertidos, provee a las masas de alimento y entretenimiento. El origen de esta frase la encontramos en la Sátira X del poeta romano Juvenal.
“Hace ya tiempo, desde que a nadie vendemos votos, se ha desembarazado este pueblo de responsabilidades. Y es que el que otorgaba antaño generalatos, insignias, legiones, todo, ahora se retrae y ansioso no pide más que dos cosas: pan y carreras de caballos”.
Es más que obvio que no estamos en aquella época de la Roma imperial donde la celebración de los Triunfos eran auténticas ceremonias de exaltación con todo aparato, pompa y boato en favor del general-o político-homenajeado. Sin embargo, a la vista de lo que está aconteciendo últimamente en nuestro entorno sociopolítico más próximo y en el que desenvolvemos nuestra convivencia cotidiana, necesariamente evocamos aquella etapa histórica en la que el Poder organizaba magnos espectáculos populares-esto es, con invitación ex profesa al pueblo- tales como combates de gladiadores, carreras de cuádrigas, luchas de fieras, representaciones teatrales, combates náuticos…
Lo que ocurre es que las prácticas están adecuadas a los nuevos tiempos. El pueblo ya no tiene que asistir al circo romano para presenciar el espectáculo. Ahora se hace a través de la televisión. Y el “pan” tampoco se reparte en el propio coliseo. Ahora se hace a través de ayudas y subvenciones. La cuestión está en que al pueblo hay que mantenerlo entretenido para que no relativice sobre la situación actual.
El mismo Gaspar Melchor de Jovellanos en 1812 impulsó la publicación de “Pan y toros”, entendida como una “oración apologética en defensa del estado floreciente de España en el reinado de Carlos IV” y difundido en la plaza de toros de Madrid.
Pero sin el ánimo de frivolizar, situaciones como las que ahora mismo estamos atravesando, el pueblo-la ciudadanía- no quiere circo, aunque eufemísticamente esto sea hoy en día el fútbol, ya autorizado, ni quiere el agasajo de un bocadillo, quiere resoluciones a sus problemas sin necesidad de acudir a una línea de subvenciones que palien una deficiencia momentánea. La calidad de vida empieza por la dignidad de la persona y que su trabajo le permita ser parte de esa sociedad en la que ahora mismo está confinado y donde sus movimientos están restringidos.
Por eso no quiere discursos ni una retahíla de mensajes basados en estrategias de marketing y mucho menos de imposturas. Quiere convivir en un estado de bienestar exento de florituras que disimulen defectos.

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