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Tomar posesión con rigor

Después de la ecléctica pero al mismo tiempo también esperpéntica cuasi ceremonia-por aplicar un término generoso- protagonizada por quien está al frente ahora mismo de la Generalitat, es momento de retomar los principios fundamentales del Reino, que se decía, y de una vez por todas, exigir que este tipo de actos se celebren de acuerdo con las directrices emanadas de la propia ley.
Como ya comentamos en nuestro reciente artículo cuando nos referíamos a aquel acto de toma de posesión, que sepamos sigue estando vigente el Real Decreto 707/1979, de 5 de abril, por el que se determina la fórmula de juramento o promesa para la toma de posesión de cargos o funciones públicas. Eso quiere decir que hay que atenerse al mismo cuando alguien vaya a asumir una función pública. Cualquier interpretación aleatoria de esa disposición, está fuera de lugar, por no hablar de su validez jurídica.
Por eso, nos parece congruente la iniciativa legislativa del PSOE para regular la toma de posesión de los representantes públicos con el objeto de estar obligados a acatar la Constitución y a respetar al jefe del Estado. Lo que pasa es que hasta hace unos años, esto no era necesario, porque cualquier toma de posesión se ceñía precisamente a esta fórmula en vigor y nadie la cuestionaba como tal precepto legal. Pero claro, teniendo en cuenta que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña había avalado la fórmula con la que prometió su cargo Carles Puigdemont al entender que no tenía la “obligación legal” de acatar la Constitución ni el Estatut en su toma de posesión… recalcando que , esa normativa, así como la ley de presidencia de la Generalitat y del Govern, no establece “ni siquiera” que los miembros del Ejecutivo catalán “deban jurar o prometer sus cargos ni, por ende, deban emplear fórmula alguna de juramento o promesa”…
Pues menos mal que este cargo implica al mismo tiempo ser “representante ordinario del Estado”-ratificado en la propia Ley de la Generalitat- y que según el artículo 11 de la misma, tiene que “promulgar, en nombre del rey o reina, las leyes, los decretos legislativos y los decretos ley de Cataluña”. El debate surge en cómo establecer la obligatoriedad de esta fórmula para cualquier acto de toma de posesión y evitar actuaciones al albedrío implementando otras opciones que cuestionen acatar la Carta Magna, Estatutos o la lealtad al Rey. Y ya no hablamos de la simbología escénica, que es otro cantar.

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¿Protocolo o desdén?

El acto de toma de posesión- que no puede en este caso tildarse de “ceremonia”- de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat, ha tenido más tintes de agravio o desdén hacia el sistema, llamado éste Estado, que un trámite institucional mediante el cual asume de pleno derecho las funciones conferidas en el cargo.
Porque no sólo no ha tomado posesión cumplimentando la fórmula ritual contenida en real decreto707/1979, de 5 de abril para de juramento o promesa para la toma de posesión de cargos o funciones públicas, sino que en el lugar donde se llevó a cabo- Salón de la Verge de Montserrat-el único símbolo que allí estaba era la bandera de Cataluña, cuando la Ley 39/1981, de 28 de octubre, por la que se regula el uso de la bandera de España obliga-artículo cuarto- a que ambas se exhiban juntas. Pero esta circunstancia ya sabemos que desde hace mucho tiempo implica un permanente incumplimiento de la norma por parte del gobierno catalán. Pero como no pasa nada, pues eso, pelillos a la mar. Qué desolación.
“Prometo cumplir lealmente con las obligaciones del cargo de presidente de la Generalitat, en fidelidad a la voluntad del pueblo de Cataluña, representado en el Parlament”, esta fue la lacónica frase que pronunció después la lectura del decreto de su nombramiento en presencia de titular de la cámara autonómica y sin necesidad de que nadie, como es la práctica, le leyese la fórmula con las preguntas de rigor. Tenía más visos de spot publicitario-además por la escueta duración- que de un acto institucional. Lo de la publicidad es porque el nuevo presidente-lo mismo que el titular del Parlament- exhibían sendos lazos amarillos en sus solapas…aunque el de este último, más discreto. Y por otro lado, la medalla que representa el cargo, ha permanecido en la mesa encima de un cojín…suponemos que esperando que en algún momento aparezca Puigdemont y se la coloque, ya que esta función de transferencia de poder le corresponde al anterior presidente. Claro que también aquí tampoco parece estar muy claro quién es el president.
Y mientras tanto, qué hizo el Gobierno español…sencillamente, no comparecer en ese acto-pantomima, argumentando que “el modelo de acto por el que finalmente se ha optado degrada la propia dignidad de la institución” y que “desde la Generalitat se le había intentado imponer el nivel de la delegación gubernamental, cosa que no aceptó”.
Vaya, qué mala suerte. Parece que otra vez se ha metido el Protocolo por medio y por cuestión de precedencias no hubo acuerdo. Ironía sarcástica, pero al final, todo esto, no deja de poner de manifiesto que a nuestra clase política, le sigue faltando clase.

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Protocolo, el gran desconocido

La conclusión que hemos sacado después de haber participado en la reciente mesa redonda sobre “Los políticos y el protocolo”, celebrada en Santiago y convocada por la delegación territorial en Galicia de la Asociación Española de Protocolo, es que precisamente, el Protocolo, es el gran desconocido entre la sociedad y particularmente debidamente entendido entre nuestra clase política.
Con esta actividad, se pretendía que los representantes políticos proporcionasen su visión sobre cómo entendían el protocolo en cuanto a su ejercicio en la vida política y dentro del ámbito de la sociedad. Allí comparecieron Raquel Arias Rodríguez, del grupo del Partido Popular, Luca Chao Pérez, de En Marea y Olalla Rodil Fernández, del Bloque Nacionalista Galego. Faltó la representación socialista, dado que el grupo argumentó “compromisos derivados de la actividad parlamentaria en esa jornada”. Y menos mal que ese día no había sesión. O trabajan mucho en la casa del Pazo do Hórreo o es que esto del protocolo poco les importa.
En esta mesa redonda quedó de manifiesto que existe un desconocimiento sobre cómo funciona el protocolo y más en concreto las competencias y funciones que asumen los profesionales que trabajan en este ámbito. También se entabló un debate a propósito de la etiqueta y la interpretación de las normas relativas a la indumentaria en cuanto a sus usos sociales, pues mientras Luca Chao y Olalla Rodil sostenían que aquella era rígida y que nadie tenía por qué estar sometido a esas normas, Raquel Arias subrayó que cada acto o actividad exige un tipo de vestimenta determinada y que no era lo mismo ir a un evento de cierta sobriedad que ir de copas con unos amigos.
Como conclusión, ha quedado patente la necesidad de actualizar la legislación en materia de ordenación de precedencias y sobretodo, que Galicia apruebe una disposición específica que regule las mismas y adaptada a su realidad sociopolítica. También, ha quedado claro que el Protocolo va más allá de la colocación de las personas en función de una precedencias previamente establecidas, pues Protocolo es un conjunto de disciplinas que abarcan desde la Comunicación hasta la etiqueta, pasando por la organización logística y operativa de un evento y la aplicación de un ceremonial específico para cada acto en función de su naturaleza.
Y básicamente, quedó de relieve que el Protocolo es el gran desconocido para una gran parte de la sociedad y que de la misma manera que ésta evoluciona, también aquel lo hace y se va adaptando a los nuevos tiempos.

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Defender el protocolo

Protocolo con mayúsculas, para que resalte y sea notorio. La Asociación Española de Protocolo está conmemorando su cuarto de siglo de existencia. Durante este tiempo, no ha regateado esfuerzos ni medios para defender el ejercicio de esta profesión, que antaño casi tenía más tintes de oficio, más que nada porque sus conocimientos se adquirían en reducidos foros y sobre todo en la experiencia que se difundía por transmisión oral por parte de aquellos inveterados “profesionales” que estaban trabajando en distintos ámbitos de la Administración pública.
Hoy en día, la especialización en este ámbito pasa por la Universidad donde se estudia Grado. Es una profesión competitiva, pero lamentablemente, no está justamente reconocida y por ello quienes nos dedicamos a su práctica profesional, nos vemos en más de una ocasión obligados a alzar la voz y poner en valor lo que hacemos. Porque el Protocolo no se ciñe únicamente a sentar a unas personas que asisten a un evento- que tiene su intríngulis, pues requiere un conocimiento de la normativa que regula las prelaciones por rango-, sino que abarca todas y cada una de las partes que articulan un acto, desde su convocatoria hasta su ejecución y finalización.
Y en esa tarea está sumergida la Asociación Española de Protocolo, como el faro vigilante que se ocupa de evitar las malas prácticas. Que acomete cuantas acciones sean precisas para que esta profesión ocupe el lugar que le corresponda y por lo tanto, la sociedad sepa cuáles son las funciones de cuantos nos dedicamos a esta actividad y denunciar aquellas situaciones donde se produje una vejación o un ninguneo de los profesionales, sobre todo en lo que atañe a aquellas convocatorias de puestos de trabajo donde no se exigen los requisitos que avalan y respaldan a un profesional académicamente formado y por lo tanto, cualquier otro aspirante, sin esa formación, puede acceder al desempeño de esta tarea. Luego vienen los errores y a ver a quien le piden explicaciones. Obviamente al que firmó la convocatoria.
Se trata, pues, de posicionar ante la sociedad la importancia que conlleva el protocolo en el ámbito de los eventos y cuya ejecución únicamente pueden asumir los profesionales avalados por esta Asociación, de la misma manera que sucede con el ejercicio de otras profesiones y donde jamás se cuestiona su trabajo. Porque hay que erradicar eso de que hoy en día todo el mundo sabe de todo y que no todo vale. Reivindiquemos nuestra profesionalidad por encima de opiniones desnortadas.

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