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Efigie por obligación

El Ayuntamiento de Barcelona tendrá que reponer la imagen del Rey-en este caso Felipe VI-, en virtud de una sentencia del Juzgado Contencioso Administrativo número 3 que obliga al mismo a colocar el retrato del rey «en un lugar preferente y de honor de su salón de plenos». Recordarán que en el 2015 se había retirado de dicho lugar un busto del rey Juan Carlos, entonces con la justificación de cambiarlo por el de su sucesor… hasta hoy.
Los políticos no pueden actuar movidos por caprichos. Es más, tienen la inexcusable obligación de acatar lo que dictan las leyes, ya que ellos mismos, en función de su cargo, son garantes de ese cumplimiento y cualquier vulneración obviamente conlleva un desacato y consecuentemente, una flagrante alteración del cumplimiento con el deber adquirido cuando toma posesión, cuya fórmula ya le obliga a “cumplir fielmente las obligaciones del cargo”… y “guardar y hacer guardar la Constitución, como norma fundamental del Estado”. Y la Carta Magna es el gran marco de nuestras leyes.
Dicho esto, que parecen olvidar bastantes representantes públicos que sólo asumen un poder para ejercerlo en un plató de televisión antes que en un foro institucional, como en el caso de Ada Colau es un Ayuntamiento, la ubicación de la imagen del jefe del Estado viene obligada por el artículo 85.2 del Real Decreto 2568/1986 y que establece que “En lugar preferente del salón de sesiones estará colocada la efigie de S. M. el Rey”, como le recuerda la resolución judicial. Habla de “efigie”, sin especificar busto o retrato. Los munícipes de la Ciudad Condal “contraargumentan” que el Reglamento Orgánico Municipal (ROM) de 2015 amparaba al pleno “para decidir la representación de elementos simbólicos e institucionales presentes con carácter permanente en el Salón de Sesiones”, pero la sentencia subraya que “las normativas municipales no pueden ignorar la primacía de las leyes estatales sobre los reglamentos aprobados por los entes locales”. Lo dicho, que no se puede legislar siguiendo la cultura ideológica del político de turno.
Pero a la postre, esto es también lo que viene sucediendo en relación con la colocación de la bandera de España- obligada por Ley 39/1981, de 28 de octubre-, y que como repetidas veces hemos comentado, se está vulnerando constantemente, y principalmente en Cataluña, y a pesar de denuncias o resoluciones, cada cual campa a sus anchas, con total impunidad, como si se tuviese una patente de corso. Bueno, más bien de pirata, porque a fin de cuentas, los corsarios tenían mejor predicamento e imagen.

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Dignidad y respeto

Ha sido otra muestra de los tiempos tan convulsos que socialmente estamos viviendo. Otra muestra donde se mezclan churras con merinas y donde se aprovecha una ocasión para catapultar expresiones que atentan contra la dignidad y el respeto. Nos estamos refiriendo al polémico pregón del pasado Carnaval que promovió el Concello de Santiago.
Como ya conocen, el pregón pronunciado por el dramaturgo Carlos Santiago-ya es también paradoja el apellido-, vertía alusiones sobre el tamaño de los testículos del Apóstol Santiago, usaba la palabra puta para referirse a la Virgen o ironizaba sobre prácticas sexuales cuando se refería a la Pilarica. Todo ello derivó además en un “acto de desagravio” celebrado en la Catedral de Santiago. En el mismo, el arzobispo de Santiago, Julián Barrio dijo que ni el contexto del Carnaval ni la libertad de expresión podían justificar unas ofensas que no concretó y añadió que las “corrientes laicistas generan cristianofobia”
Por otra parte, la Asociación de Abogados Cristianos presentó una querella denunciado dicho pregón “por ser presuntamente constitutivo de un delito contra los sentimientos religiosos tipificado en el Código Penal”. Claro que para el alcalde santiagués, lo ha contextualizado “dentro de la sátira y la crítica» así como «dentro de los límites del humor», añadiendo que “se está a criminalizar un pregón en un contexto de lo que es el Carnaval y la sátira y la crítica me parece terriblemente peligroso” e hizo un llamamiento “a entender los contextos, a entender el humor, a entender las sensibilidades”.
La cuestión es que de un tiempo a esta parte, se están hiriendo demasiadas sensibilidades, y las sátiras se están pasando de frenada, ya provengan de humoristas, actores, raperos o cualquier otro representante del mundo del vodevil. Pero todo sucede porque se suscita desde las esferas políticas antisistema. No hay respeto ni tampoco se actúa con dignidad. La convivencia consiste en esgrimir ideas pero sin herir a quienes no las comparten. Y estos cuadros se reiteran, pero siempre proceden del ámbito político de izquierdas, que parece hacer suyo este patrimonio del insulto o la vejación.
Y luego se habla de pérdida de valores. De lo que hay que hablar es de educación y comportamientos cívicos. De actuar en sociedad haciendo gala de unos atributos decorosos, de no usar la ideología como saetas emponzoñadas. La política requiere de otros mecanismos más pulcros. No hace falta convulsionar a la sociedad para insertar mensajes acordes con el espíritu de quien los promulga.

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Por la boca muere el pez

La expresión “por la boca muere el pez” suele utilizarse para explicar que es inconveniente hablar más de lo necesario. Nuestro refranero recoge esta frase, de origen marinero, para aludir a esas personas que dicen las cosas sin pensar, que hablan de la manera exagerada y desconcentrada. Refiere el riesgo de abrir la boca, como el pez cuando ve el anzuelo al que se engancha y la persona, que abre la boca para hablar demasiado y así se pone en ridículo, convirtiéndose en víctima de su propia estupidez.
Pues bien, de esto viven los políticos, pues su instrumento principal de trabajo es la expresión verbal. Antonio Gala en “El don de la palabra” sostiene que “su lenguaje es vulgar, tedioso y demagógico; no suscita ilusión ni esperanza. Sólo hablan para contradecirse, o para enturbiar lo que está claro”. Y cuando el político embarulla, más que un problema de #comunicación, que también lo es, es un problema de #formas.
Todo esto viene a cuento por la inefable ocurrencia de la portavoz de Podemos en el Congreso ( de los Disputados), Irene Montero cuando hace unos días uso del término “portavoza”, procediendo a la invención de un vocablo que de inmediato fue censurado, como tenía que ser, por la mismísima Real Academia de la Lengua, que obviamente no lo reconoce porque el sustantivo “portavoz” es común en cuanto al género y por tanto coinciden su forma de masculino y de femenino. Lógicamente, la “portavoza” discrepó con vehemencia aseverando que la RAE “tiene mucho que aprender” y porque es una institución compuesta principalmente por hombres.
La cuestión es que la susodicha justificó su “lapsus línguae”- no para ella, claro- como una forma de dar mayor “visibilidad” a las mujeres en su lucha por la igualdad de derechos con los hombres, “a veces desdoblando el #lenguaje, aunque no suene muy correcto, se puede avanzar en la igualdad”….
La filóloga Bárbara Pastor en “Las perversiones de la lengua” afirma que “la reivindicación del género femenino lega a veces a límites insospechados. Cuando la exigencia ya se convierte en transgresión gramatical o entorpece la economía del lenguaje, más conviene dejarse llevar por el sentido común que por otra cosa”.
Algunos #políticos no temen al ridículo y por eso, tampoco temen abrir la boca cuando ven el anzuelo con un atractivo cebo.

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Pleitesía y vasallaje

Algunos políticos aún no han evolucionado y permanecen anclados en el pasado. Va más allá de la mera cuestión ideológica de cada uno. Es ya una cuestión de cultura general y #educación. Ejemplo de ello ha sido lo acontecido con motivo del Mobile World Congress. Como se informó, la #alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, no asistió a la #recepción oficial del #Rey Felipe VI, previa a la cena oficial de inauguración de aquel evento.
Sus argumentos son de Perogrullo: “es un acto de pleitesía y vasallaje impropio de una democracia del siglo XXI”. El auténtico motivo no tenía fundamentos protocolarios, que también los ignora, sino expresamente políticos derivados de la situación por la que atraviesa Cataluña por mor de las pretensiones independentistas y criticando la postura del Jefe del Estado por su discurso de 3 de octubre donde obviamente puso de manifiesto que hay que respetar la Constitución y por ello, España no se puede fragmentar.
Pues bien, esta actitud de la regidora municipal catalana, no deja de ser un acto de falta de educación y la vulneración de los principios básicos de lo que se entiende por #“cortesía institucional”. Porque a lo mejor no sabe que a no estamos en el Medioevo y que ya no existe tal concepto de “pleitesía y vasallaje”. Y que lo que en protocolo se conoce como “Besamanos”, es una fórmula #ceremonial en la que simplemente los invitados saludan a los anfitriones- y por supuesto sin besar ninguna mano; es un simbolismo, pues el invitado se limita a coger la mano de quien se la tiende y le ofrece lo que se llama “beso seco”, sin rozar con los labios el dorso de la mano ofrecida-.
La ínclita munícipe continuó justificando su actitud, afirmando que en los actos propios del Congreso, “nos relacionaremos con respeto entre representantes de diferentes instituciones” y matiza por si no quedó claro “pero una cosa es el respeto institucional y otra la #pleitesía. Más en los tiempos que corren, impropio de una democracia del siglo XXI”. Lo dicho, debería asistir a un curso avanzado de protocolo para que sepa que la figura del alcalde tiene unas obligaciones protocolarias que cumplir y que jamás puede actuar de forma sesgada, porque representa a la totalidad de los ciudadanos de su municipio y por lo tanto, su postura ha de ser siempre institucional y de respeto, aún cuando no comparta opiniones o actitudes.
Y en la misma línea actuó el presidente del Parlamento de Cataluña, quien tampoco asistió a la recepción oficial del monarca, aunque éste optó por estar calladito. Le bastó con asistir al acto con un lazo amarillo.

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