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Nuevo parlamentarismo

El parlamentarismo vive nuevos tiempos. Pero nuevos para mal. Porque el ejercicio de la oratoria política en un foro sacrosanto y solemne como es el Congreso de los Diputados, se ha convertido en una sarta de soflamas panfletarias e incendiarias. ¿Dónde ha quedado el buen arte de la expresión oral?. ¿Dónde están los grandes oradores?. Como ejemplo, la reciente intervención de Pablo Iglesias escupiendo expresiones como “me la trae floja, me la suda, me la trae al fresco, me la pela o me la refanfinfla” o la de Gabriel Rufián llamando mamporrero y gánster a otro compañero.
Aristóteles decía que “las causas de que los oradores sean dignos de crédito son tres, pues son las mismas por las que damos crédito a alguien, fuera de los discursos de la exhibición. Y son: la discreción, la integridad y la buena voluntad”. Ciertamente, recomendamos a quienes se dedican al ejercicio de la práctica política, se empapen un poco más en la lectura de nuestros clásicos, pues sus aportaciones son fuente de conocimiento y seguir sus sabios consejos ayudaría a tener otro escenario político.
Otro ejemplo lo pone Cicerón: “hay dos especies de discursos, una de ellas es la conversación familiar; la otra, el lenguaje oratorio; no cabe duda de que la oratoria tiene más fuerza para conseguir la gloria- es la que llamamos elocuencia-“. Y Séneca censura a los oradores ostentosos: “también el orador, cuando lo arrebata el deseo de ostentación y un desmesurado afecto de sí mismo, no se apresure y prefiera más palabras que los oídos puedan soportar”.
Claro que aquí de lo que se trata es de censurar el comportamiento parlamentario cuando nuestras señorías suben al púlpito de un foro, de un parlamento o cualquier otro espacio donde se suscitan debates políticos. Porque la oratoria se ha convertido en una enumeración de expresiones disonantes, de ataques cuasi personales. Deplorable. Y además pone de manifiesto que el parlamentarismo actual atraviesa unos delicados momentos y donde se ha perdido el decoro y el respeto al contrincante, que nunca enemigo.
Por último, recordamos lo que opinaba Plutarco: “aconsejo huir y evitar aquella teatral y enfática manera de hablar porque es ampulosa y no apropiada para la política” y añadía “el discurso es necesario que esté no sólo libre de defectos, sino también que sea vigoroso”. Pues que estas doctrinas sean asumidas por nuestros representantes parlamentarios. Todo sea por “sanear” la vida política.

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