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La gala deslucida

Todavía perduran los ecos de la desafortunada 89 edición de la Ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood. Pasará a la historia como la gala del despropósito porque alguien le entregó al actor presentador del premio un sobre que no correspondía con ese galardón.
La expresión del actor Warren Beatty cuando abrió el sobre rojo ha quedado plasmada para la posteridad. Y más aún el arrojo de su pareja de presentación del premio, Faye Dunaway quien asumió el riesgo y anunció la película que no era precisamente la galardonada.
Que esto suceda en un evento de las características de los Oscar es algo inaudito, habida cuenta de la meticulosidad con que organizan esta ceremonia y sobre todo las extremas medidas de seguridad con que custodian los sobres donde están consignados los distintos premios que otorga la Academia, misión esta encomendada a una prestigiosa compañía como la PricewaterhouseCoopers (PwC).
Pero a veces, un error humano, tira todo al traste, teniendo en cuenta que les fue entregado el sobre incorrecto. Todo esto nos lleva a la conclusión que en la organización de cualquier evento, cualquier descuido en el más mínimo detalle, puede derivar en un desastre de cara al público, de ahí la importancia de que la organización esté exclusivamente responsabilizada a profesionales. Al menos, habrá menos riesgo, porque cualquier cosa siempre al socaire de las eventualidades que puedan surgir, de sufrir errores.
Y por encima, si ese lapsus organizativo está siendo televisado a millones de personas, pues se magnifica su proyección pública y tiene mucha más repercusión que si acontece en el interior de una sala delante únicamente de los asistentes allí congregados.
Precisamente el propósito de cualquier ceremonia, en su expresión protocolaria, es precisamente ofrecer una puesta en escena ordenada, con su plástica y estética, donde cada uno sabe dónde tiene que estar y qué tiene que hacer. Y de eso, justamente, es de lo que se ocupan los profesionales del protocolo. De que todo esté en su sitio y discurra sin sobresaltos.

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La corbata del presidente

El flamante nuevo inquilino de la Casa Blanca tiene, entre otras muchas, una peculiaridad que le define socialmente: sus corbatas. Y no nos estamos refiriendo a la variedad de las mismas, a sus diseños, como si fuese el fondo de armario del conocido periodista José María Carrascal, sino a su forma de llevarlas.
La corbata es un complemento que tiene su relevancia a la hora de aportar distinción a quien la vista. Pues bien, una corbata hay que saber lucirla. Y no hablamos de sus tejidos, formas o colores, sino sencillamente a cómo se lleva.
Hay una norma básica en la vestimenta: la corbata nunca debe sobrepasar la cintura del pantalón. No debe asomar por encima del cinturón ninguno de sus extremos. La punta de la corbata debe llegar justo a la cintura de quien la lleva, justo en la hebilla.
Pues estas recomendaciones casi nunca las observa Donald Trump. Basta con contemplar sus apariciones en público para darnos cuenta que incumple esta norma esencial. No sabemos a qué esperan sus asesores de imagen para decírselo. A no ser que se convierta en una especie de “marca registrada” que lo identifique, de la misma manera que Pablo Iglesias comparece en mangas de camisa en actos públicos y ceremoniales.
A veces, viendo al nuevo “líder del mundo libre”, y observando sus corbatas- tiene predilección además por el tono rojo, que por ejemplo exhibió en la ceremonia de su toma de posesión-, pero sobretodo, el largo de las mismas, nos viene a la memoria la imagen del desaparecido cantante cubano Luis Aguilé, quien popularizó precisamente la longitud de esta prenda en sus actuaciones.
Es indudable que una corbata bien usada es signo de elegancia y buen gusto, pero también, si no se viste adecuadamente, aunque sea de óptima calidad, puede transmitir un mensaje negativo acerca de quien la lleva.

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