Artículos, Comunicación

Poder mediático, poder político

En una sociedad mediática como la nuestra, la Comunicación ofrece una enorme posibilidad a quién quiere posicionar un mensaje. El Ceremonial de la Imagen se proyecta quinta dimensionado.
Esto es, por ejemplo, lo que acontece, en todo aquello que atañe a la llamada (a veces mal llamada) clase política, porque en muchas ocasiones le falta clase-o estilo- y a algunos habría que mandarlos precisamente a clases… de buenas maneras. Los espacios en los que se mueve un político, como ocurre con cualquier campaña electoral, atienden a una puesta en escena que responde a unos parámetros previamente definidos y cuyo objetivo es conseguir el mejor impacto popular posible.
Se eligen esos espacios y se selecciona el público objetivo. El mensaje está minuciosamente estudiado y contextualizado según cada audiencia. El político-actor (como protagonista de un acto), esgrime en cada ocasión el mensaje que corresponda y utiliza los medios a su alcance para garantizar su eficacia mediática. El medio es el mensaje, el mensaje es el medio.
El mimetismo político ha llegado al extremo de provocar un impacto en las masas utilizando canales de gran difusión que es lo que sucede con las televisiones, un espacio, que además en época electoral concita el interés de una audiencia heterogénea sin moverse ésta de casa.
Todos estos mecanismos están al servicio del político con la finalidad de penetrar en la Sociedad a la que pretenden servir, echando mano del “Manual” de campaña que no sólo regula los mensajes, sino las formas, que tan bien son muy importantes cuando se prolifere la actuación en público, lo que requiere conocer las técnicas de la comunicación y expresión oral y corregir los “tic´s” que pueden incidir negativamente o cuanto menos, restar un poco la eficacia pretendida. Dominar el poder mediático, es consolidar el poder político.
Parafraseando a Shakespeare “El mundo entero es un escenario”. Todo sistema de poder, funciona como un dispositivo destinado a generar efectos, en ocasiones comparables con las ilusiones que provoca la tramoya teatral, sostiene el sociólogo Georges Balandier.

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Artículos, parlamentos

Constitución

Se celebró la conmemoración del 38 aniversario de nuestra Carta Magna. El Palacio de la Carrera de San Jerónimo albergó el evento conmemorativo por excelencia y donde con su correspondiente ceremonial se llevó a cabo el acto institucional con especial protagonismo para la presidenta del Congreso, acompañada por el titular del Senado y por el propio presidente del Gobierno.
En esta ocasión ha habido menos representación por parte de titulares de Comunidades Autónomas que de costumbre- eso sí, entre los presentes estaba el presidente del Gobierno gallego-. Y por eso fueron comentadas más las ausencias que las presencias, motivadas esas incomparecencias por cuestiones más ideológicas que de agenda.
Y lo mismo en cuanto a la no presencia de determinados líderes políticos quienes quisieron de esta manera dejar constancia de su pensamiento ideológico respecto al Estado. Y de paso, olvidando que si ellos están formando parte de ese Congreso en representación de una formación política, es porque esa Constitución que se estaba conmemorando posibilita que ocupen unos escaños. La incongruencia forma parte de su cultura política.

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Espectáculo congresual

El Congreso de los Diputados se ha convertido en el gran teatro de la Divina Comedia, con permiso de Dante Alighieri-aunque en este caso, tenga muy poco de divina y mucho más de esperpéntica, con permiso de Valle Inclán-. Un espacio otrora “sacrosanto”, por ser desde donde emanan todas las leyes ahora, lamentablemente, acoge sainetes y óperas bufas.
Ortega y Gasset escribió en “Vieja y nueva política” que “el Parlamento es representación, mero reflejo y sombra de la realidad política exterior” y añade “el único lugar donde no está un pueblo es aquel en que está su representación”. Y de eso se trata. De que quienes ocupan esos escaños están ostentando una representación. Una de las acepciones que recoge nuestro Diccionario de la Real Academia es que como representación también se entiende “categoría o distinción social”.
Pues bien, después del último espectáculo al que hemos asistido en la solemne sesión de apertura de las nuevas Cortes Generales, podemos aseverar que muchas señorías no son dignas de ostentar tal representación debido a que su comportamiento no estuvo acorde a la solemnidad del evento. Porque si un acto está revestido de esta peculiaridad, quienes participan en el mismo están obligados a actuar en correspondencia con el mismo. O dicho de otra manera, tienen que guardar las formas. No cabe otro tipo de interpretación.
Algunos diputados visibilizaron una interpretación y puesta en escena con la finalidad de que fuese reflejada en los medios de comunicación y lo hicieron protagonizando una absoluta falta de respeto tanto al monarca que presidía esta ceremonia como a la propia institución en la que asientan sus ilustres posaderas-lo de ilustres es por el tratamiento vocativo que conlleva el cargo-. Actitudes en cuanto a permanecer sentados durante el himno, exhibir símbolos no autorizados o vestir de manera inadecuada para la solemnidad del evento e incluso con camisetas reivindicativas.
Y algo similar sucedió con motivo del minuto de silencio que se guardó en esta Cámara por el fallecimiento de Rita Barberá. Un gesto de respeto que los diputados del partido morado no quisieron secundar.
Ya decía Ortega y Gasset “el lugar donde menos quehaceres políticos puede haber es el Parlamento; allí no debía irse sino a refrendar la organización del espíritu público realizada fuera”. Demasiado profundo para algunas señorías.

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