Artículos, Eventos, protocolo

Ceremonia lapidada

El acto de colocación de la primera piedra del nuevo edificio de la Tesorería de la Seguridad Social, en el viejo inmueble de la Metalúrgica, en Vigo se desarrolló en medio de una tensión protagonizada por los políticos presentes. Tensión debido a que unos querían participar en la ceremonia mientras otros estaban en ello.
Las diferencias surgen porque unos eran de un color político y los demás de otro. No obstante, pensamos que esta estrambótica escena podría haberse obviado si se hubiese obrado con un poco más de tacto a la hora de organizar dicho acto.
La colocación de una primera piedra responde a una ceremonia protocolaria perfectamente definida y que debería conocer cualquier profesional del protocolo. Esquemáticamente hay que firmar en un pergamino, depositar algún ejemplar de periódico del día que haga alusión a este evento junto a unas cuantas monedas fraccionarias. Todo ello se guarda en un recipiente que herméticamente cerrado se entierra en la arqueta que luego será sellada y sobre la que las autoridades van echando las “paletadas”- que así se llama-de cemento. En dicho pergamino lo habitual es que firmen las personalidades que participan e ese acto.
Y por eso decimos que este acto se llevó a cabo en un ambiente un tanto exabrupto. Habría que haber “negociado” la praxis del mismo y dar la oportunidad a que intervinieran los representantes institucionales allí presentes. El Protocolo no puede estar al servicio de la clase política, pues responde a un ceremonial perfectamente reglado. Y precisamente uno de los objetivos del protocolo es conseguir orden y armonización.
Así pues, esta ceremonia de la primera piedra acabó “lapidada” por las pedradas en forma de gestos que allí se vivieron entre las ministras y los representantes del Concello de Vigo y de la Diputación de Pontevedra.

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Investir o embestir

Investir o embestir. Esa es la cuestión. Porque además, obviamente no es lo mismo, pero a la vista de lo acontecido en los últimos días en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, casi se asemeja por asimilación de contextos. Investir supone el carácter que se adquiere con la toma de posesión de ciertos cargos o dignidades. Esto es, hacerlo con solemnidad. No obstante, si aplicamos el sentido de embestir, se entiende que se actúa con ímpetu sobre alguien.
Y es que en la reciente sesión de investidura (más bien en ambas), acto que se considera protocolariamente como solemne- lo que obviamente obligaría a sus señorías a respetar la etiqueta que exigen las normas del propio Congreso de los Diputados y donde la corbata es un elemento ineludible, pero que hemos visto que no fue así, habida cuenta de la indumentaria exhibida-, en lugar de asistir a una ceremonia para investir al nuevo presidente del Gobierno, hemos asistido a una acción más propia de embestir.
Quiere ello decir que las formas, una vez más, han brillado por su ausencia. Había más preocupación por montar un número en los escaños, que en comportarse de acuerdo con unos mínimos parámetros de lo que se entiende como buena educación. Lo importante era subir hasta podio y dar un discurso trufado de mensajes no siempre subliminales, atacando ferozmente al adversario y en ocasiones rayando el insulto y la descalificación personal.
El hemiciclo no puede convertirse en un espectáculo circense con trapecistas, funambulistas, magos, domadores o payasos. No puede ser un escaparate para pasear bebés o darse besos “en pleno morro” entre dos diputados. La cámara baja es un espacio que exige todo el respeto porque en la misma se aprueban las leyes que rigen la vida de todos los ciudadanos y por ello, nuestros representantes parlamentarios tienen que acudir a la misma para comportarse con ejemplaridad.
Lamentablemente, comprobamos que no está siendo así. Sacrifican las formas por tener minutos de gloria.

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Postureo

Cuanta afición existe en cuanto a inventar palabrejas o palabros. Por ejemplo, una que en los últimos días está proliferando por doquier y que se escucha hasta la saciedad en los medios de comunicación: postureo. Se está utilizando para definir cómo actúan y se comportan los diversos líderes políticos en sus apariciones públicas y subliminalmente, tiene efectos de crítica a esa actitud como un gesto de cara a la galería. Interactúa mediante una sucesión de poses.
Obviamente, al día de hoy, la Real Academia Española no la tiene reconocida y por lo tanto no está registrada en el Diccionario. Se interpreta como una derivación de “postura” que significa “actitud que alguien adopta respecto de algún asunto”. Otro concepto, ya en desuso, sería “adorno de algunas cosas”. En realidad, puede socialmente traducirse como una exageración en la actitud de comportamiento público, con excesivo adorno. Vamos, como una ostentación, pero fuera de lugar.
En la sociedad actual, el representante político anida en los medios de comunicación, de ahí que sus comparecencias respondan a una praxis escénica y porque es plenamente consciente que actualmente ese es el espacio donde tiene que afianzar su imagen, con toda su prosopopeya, su dialéctica doctrinal y su ritual gestual.
Por eso, cuando eufemísticamente se aplica el mencionado término de “postureo”, éste responde a un comportamiento artificial, hiperbólico y ostentoso. O sea, una interpretación para captar audiencia. Una audiencia que hoy está al alcance de la mano gracias a la influencia de los medios de comunicación que actúan como portavoces de sus interpretaciones. Acrisolar su cultura gestual y postural es ya cuestión de cada ciudadano quien tiene que saber dilucidar donde termina el “postureo” y donde comienza el compromiso con la realidad por parte de ese político.

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