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Perdón

Cuantas veces, a lo largo de nuestra vida, tenemos que usar esta palabra: perdón. No ya como un gesto de humildad o contrición, sino en nuestro lenguaje cotidiano y en el ejercicio de las relaciones cívicas y de convivencia.
Porque pedir perdón conlleva en este caso de relación social, demostrar ante los demás que somos personas educadas. No implica ninguna humillación. Todo lo contrario, nos enaltece.
Por ejemplo, vamos a ocupar un asiento en un transporte público o en recinto de espectáculos y para ello, otra persona o personas tienen que moverse, entonces, procede pedir disculpas o perdón, aunque en realidad no estemos haciendo nada inadecuado o incorrecto, pero implica una acción de reconocimiento por nuestra parte y porque nos comportamos educadamente.
De la misma manera que procede pedir perdón cuando entramos en algún lugar y haya un grupo de personas al que nos dirigimos y que están conversando, dado que sin desearlo, hemos interrumpido su charla.
La educación y el sentido común nos pautarán en qué momento y ocasión debemos utilizar esta palabra, que en la sociedad de los buenos modales está obligada, lo mismo que gracias.
Son esos pequeños detalles, que parecen insignificantes, pero que denotan en una persona su grado de sociabilidad y civilidad. Detalles que son especialmente valorados por parte de quienes tienen educación.
Obviamente, ni qué decir tiene que estas dos palabras mágicas, “gracias” y “perdón”- y también, por supuesto, “por favor”- son las claves de una educación que hay que empezar a aprender en el seno familiar, como suele decirse, desde la más tierna infancia. Porque cualquier niño desde edad temprana tiene que saber el valor de estas expresiones y a de empezar a usarlas desde el mismo momento que tiene uso de razón, porque cuando crezca, sabrá en qué momento y situación debe emplear dichas palabras.

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Pompa y boato regio

Si hay una monarquía con tradición y abolengo, esa es la británica. Todos sus movimientos responden a unas pautas ceremoniales que preservan las costumbres en el tiempo. Por este motivo, es por lo que algunos la tildan como una monarquía rancia. Pero no hay que confundir las cosas. Porque los usos y costumbres que se sustentan en la tradición jamás pueden recibir semejante adjetivo. Sencillamente, respetan las ceremonias como testigos del tiempo.
Y esto se ha comprobado en la reciente visita de Estado que los reyes de España han realizado al Reino Unido y donde todos los movimientos protocolarios de la misma han respondido a un estricto y pautado ceremonial. Una espectacular ceremonia de Estado “con la debida pompa y circunstancia”, parafraseando a los flemáticos británicos, celebrada en House Guards, la gran explanada de desfiles de Westminster y que empezó a acoger estos manos eventos en el siglo XVII.
Guardias de honor y bandas de música, carrozas de época, engalanamiento vexilológico británico y español, himnos, salvas de ordenanza, etiqueta, condecoraciones, comitivas, banquete de Estado de gran ceremonia, recepciones… todo un abanico de expresiones de protocolo que han magnificado una visita que ha marcado una impronta, pues no en vano coincidían los representantes de las dos monarquías europeas más duraderas. Además, la Reina Isabel II, con motivo de esta visita, impuso a Felipe VI la Orden de la Jarretera y que nuestro monarca lució en el Banquete de Estado celebrado en Buckingham. Esta distinción, creada en 1348 por el rey Eduardo III, es, junto con el Toisón de Oro, la orden más importante y antigua del mundo.
Ha sido, pues, una visita en la que se han cuidado todos los detalles, respetando un orden, una sobriedad, efectista y multicolor según donde se desarrollase. Pero al margen de cualquier frialdad que puede imponer una rígida etiqueta, si es cierto que el hecho de que las familias reales británica y española estén emparentadas por el matrimonio de Alfonso XIII con la princesa Victoria Eugenia, nieta de la reina Victoria y bisabuela y madrina de Felipe VI, permite en ciertos momentos un ambiente de calidez, como cuando al ser recibido oficialmente, Felipe VI dio un beso a la monarca británica.
Ha sido una muestra de un respeto absoluto a las costumbres que por este motivo, el respeto, perduran a través de los tiempos y sustentan la pervivencia del propio ceremonial de protocolo.

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Urbanidad veraniega

No es el primer comentario en el que tratamos el tema y seguramente tampoco será el último. Nos referimos a las pautas y consejos a propósito del comportamiento y las buenas maneras que todo buen ciudadano tiene que exhibir durante la época veraniega donde el ser humano, psicológicamente, se libera de ciertas costumbres y se desinhibe y entonces el relajo propicia ciertos desórdenes sociales, sociológicamente hablando.
Y un aspecto donde se denota todavía más esta relajación en los hábitos es el relativo a la indumentaria. Todos sabemos que el calor obliga a vestir prendas más ligeras que nos permita soportarlo y más aún si estamos en una zona considerada veraniega como es aquella que tiene playa. Pues bien, esta circunstancia no es óbice para que andemos de cualquier facha, vulnerando las sanas costumbres del decoro, como por ejemplo, en el caso del hombre, pasear por zonas urbanas con el torno desnudo o las mujeres hacerlo llevando la parte de arriba del bikini como única prenda en lugar de llevar una camisa y alguna otra ropa similar.
Esto incluso ha provocado que muchos ayuntamientos hayan emitidos sendas ordenanzas que contemplan sanciones a quienes vistan de manera inadecuada en aquellos espacios urbanos que obviamente no se consideran áreas específicamente de playa y donde los paseos marítimos que bordean la misma son los únicos lugares donde está admitido exhibir un atuendo “playero”.
Pero la urbanidad veraniega no se limita exclusivamente al comportamiento en lo que atañe a la forma de vestir- abuso desmedido de un tipo de ropa más apropiada para pasear por le orilla del mar-, sino que conviene evitar ciertos desmadres relacionados con las pautas ordinarias de lo que se considera convivencia, de ahí que se prodiguen esas disposiciones municipales que regulan cómo hay que comportarse en esos espacios restringidos al ocio, como por ejemplo ha hecho recientemente el municipio murciano de San Pedro de Pinatar y cuya ordenanza abarca toda una serie de restricciones que afectan tanto a los juegos en la zona de playa como orinar al borde del mar- e incluso disimulándolo metidos en el agua- o también instalar una sombrilla a primera hora de la mañana para ir “reservando espacio”…
La picaresca española. “Aunque queramos aprovechar la playa para descansar, no debemos llevar las cosas al extremo de un abandono total de las normas de urbanidad, ni provocar la repulsión de los demás”, se decía en un manual de vida social datado hace más de medio siglo.

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Rey emérito, rey pretérito

Si buscamos el significado en el DRAE, emérito se refiere a una persona que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones. Pues bien, esto es lo que define al padre de nuestro actual soberano. Juan Carlos I es oficialmente rey emérito y de vez en cuando comparece en actos públicos, a veces con su hijo, como recientemente en la Escuela Naval de Marín con motivo de sus actos conmemorativos.
Pero qué paradoja. Acaba de celebrarse otra efemérides singular, de mayor relieve y solemnidad, y el monarca emérito no estaba. Era más bien pretérito. Y surge la pregunta. ¿Por qué no estaba?. Aunque en fuentes oficiales se achaca a que ha sido cuestión de protocolo- por el propio formato del acto celebrado en la Cámara baja-, particularmente se nos antoja que más que cuestión de protocolo, debería haberse aplicado, en este caso específico y por la relación que tuvo el monarca con aquellas primeras elecciones de la democracia, una mera cuestión de simple cortesía, de la misma manera que se hizo con otros significados invitados que allí acudieron.
Nadie asume responsabilidades. La Casa del Rey dice que la organización le correspondía al Congreso de los Diputados y por lo tanto no hay injerencias en el formato elegido, que al parecer estaba condicionado por el espacio disponible en el Hemiciclo y se argumenta que tampoco estuvo Juan Carlos I en la ceremonia de proclamación de Felipe VI en el mismo escenario. Es más, se dijo que este evento conmemorativo de haberse celebrado, por ejemplo, en el salón de los Pasos Perdidos-donde se celebran las salutaciones- si podría ser factible encajar la presencia del rey emérito.
En fin. Dimes y diretes y opiniones encontradas. Cada cual defiende su tesis. La cuestión final es que quien era jefe del Estado aquel 15J de 1977, se tuvo que conformar con presenciar el acto a través de la televisión. Esa misma televisión que le permitió un 23F transmitir a los españoles el mensaje de paz que anhelaban. Con un poco más de imaginación, se pudo flexibilizar el que se dice siempre rígido protocolo, y adaptar a las circunstancias especiales buscando un “hueco” a uno de los protagonistas fundamentales de aquella transición. Aquí nadie quiere robar protagonismo a nadie. El rey actual tiene su sitio per se.
Pues habrá que ir buscando nuevas fórmulas protocolarias para cuando se conmemore el 40 aniversario de nuestra Constitución y que se cumple el próximo año. Tienen tiempo de hacer encaje de bolillos.

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Padres o guardadores

La Junta de Andalucía ha encontrado un nuevo adjetivo para conceptuar a los padres: guardadores. En uno de los impresos de solicitud de plazas para colegios públicos y concertados para el curso escolar 2017/18 exige -en la casilla de “datos familiares”- el nombre de la “persona ‘guardadora”, en lugar del nombre del padre, madre o representantes legales del menor como venía siendo habitual. Asimismo, se piden los “apellidos y nombre de la persona guardadora uno” -aclara que es “con quien conviva el alumno/a y tenga atribuida su guarda y custodia”-. También se solicitan los datos de la “persona guardadora dos”.
El órgano educativo de la Comunidad Autónoma andaluza, con esta medida, accede a la petición por parte del lobby gay, que ya había expresado su disconformidad al considerar “discriminatorio” celebrar en los colegios el Día del Padre(o de la Madre) y en su lugar reclama la instauración de un Día de las Familias, en el que se pueda conmemorar “la diversidad familiar de nuestra sociedad”…
A la vista de esto, los padres progenitores quedan relegados al papel administrativo de meros guardadores. Los padres del siglo XXI quedan desafectados de su vínculo parental- ADN incluido- con quienes comparten vida. Ahora tienen categoría de transportistas, proveedores, gestores sociales, monitores de tiempo libre, animadores, cuidadores…en fin, para la Junta de Andalucía, guardadores. Pero con rango, pues se contempla guardador 1 y guardador 2. Y menos mal que se añade lo de “personas”. Todo un detalle.
Estamos contemplando como de un tiempo a esta parte determinadas instituciones públicas se están afanando en laminar nuestro rico vocabulario. Un vocabulario que fue construido durante siglos con aportaciones de egregios escritores como Sebastián de Covarrubias, autor de primer diccionario “Tesoro de la Lengua castellana o española” (1611). Y para muestra la «guía de estilo» elaborada por la Oficina de Transversalización de Género, del Ayuntamiento de Zaragoza que indica a los servicios administrativos cómo eliminar referencias masculinas o femeninas de los escritos.
Estamos en tiempos para la reflexión. La sociedad, ¿evoluciona o involuciona?. Esta es la cuestión. Ser o no ser. Con licencia de Shakespeare.

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Despatarrarse

Cuantas veces escuchamos eso de “despatarrarse” de risa, traducido en el sentido literal de “caerse al suelo, abierto de piernas”, enfatizando la jocosidad de lo que nos acaban de contar. Sin embargo, en nuestro Diccionario, se aplica otra expresión coloquial a “despatarrar” como que significa “abrir excesivamente las piernas a alguien”. Y de esto queremos hablar hoy.
Como sabrán, los autobuses de la Empresa Municipal de Transportes (EMT) de Madrid incorporan un nuevo icono informativo, similar al que ya existe en otros sistemas de transporte, para indicar la prohibición de mantener una postura corporal que incomoda a otras personas. La recomendación “pretende un uso cívico y respetuoso del espacio interior del autobús”. Se trata de un pictograma prohibiendo el “manspreading`” que traducido viene a significar algo así como “hombre despatarrado”, esto es, la práctica de algunos hombres- y sobretodo jóvenes- de sentarse con las piernas abiertas en el transporte público ocupando el espacio ajeno, de manera que no dejan lugar para las personas que están a su lado.
Este icono representa a un usuario abriendo las piernas y la frase “respeta el espacio de los demás”. Claro que la misma compañía de transporte público en sus paneles informativos o con tales pictogramas, recuerda normas y consejos de comportamiento a bordo, entre otras ceder el asiento a quien lo necesita, no poner los pies en los asientos, no llevar la mochila a la espalda, moderar el volumen de voz al usar el teléfono móvil y utilizar auriculares para no molestar a los demás con la música.
Es evidente que una persona educada conoce perfectamente estas pautas de conducta en espacios públicos y más concretamente como usuaria de este tipo de transporte que comparte con otros convecinos. Porque estas normas que se recomiendan no dejan de ser reglas de convivencia ciudadana: ceder el paso, ceder el asiento, ocupar cada uno el lugar que le corresponde, sentarse correctamente, etc. Resumiendo, mantener un comportamiento cívico.
Se decía en un manual de urbanidad de los años cincuenta: “el viajero demostrara su buena educación, conservando una postura correcta en su asiento, sin tratar de ocupar espacios que a otros pertenecen”. Pasó más de medio siglo y la sociedad parece que involuciona socialmente hablando.

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Comportamientos incívicos

Hace unos días se recogía en los medios de comunicación la tremenda trifulca que se montó en pleno centro de Ourense debido a una discusión entre unos conductores, llegando a las manos y precisando intervención policial y atención médica. El video de la escena fue, como se dice, viral en las redes sociales. Y todo, debido a un bocinazo por parte de los conductores para que el otro iniciara la marcha cuando estaban detenidos en un semáforo. Gesto, por otra parte, bastante habitual.
La cuestión es analizar que le lleva a una persona a agredir a otra por algo a priori tan pueril. Esto ya se parece al salvaje oeste. Se impone la ley del más fuerte. Pero, ¿dónde está eso que se llama “civilidad”?. O es que ahora hay que tildarlo de “imbecibilidad”, con permiso de la Real Academia Española que, de seguir así las cosas, acabará aprobando esta expresión.
Donde ha quedado la educación, ya ni siquiera nos referimos a la buena, sino simple y llanamente a la educación. Y aquí podemos aplicar los adjetivos de personas ineducadas y maleducadas. Las primeras son aquellas que carecen de educación o de buenos modales. Las segundas son aquellas que se comportan de forma descortés, irrespetuosa o incivil. En ambos casos, se trata de personas exentas del principio básico de la educación que ha de poseer cualquiera que conviva en sociedad: actuar con respeto y con moderación, tratando a los demás con cortesía.
Lo peor de la escena a la que hacemos referencia, es el mal ejemplo que han dado a aquellos niños que la observaron. Y después nos extrañamos de comportamientos violentos en los más pequeños. No les llega con asimilar la violencia que se expande por los medios de comunicación audiovisuales, con ser meros observadores del mundo que nos toca vivir que por encima pueden contemplarlo en vivo y en directo a pocos metros de su casa.
Opinaba Chesterton, pensador y ensayista inglés del siglo finales del XIX que “No hay gente ineducada. Todo el mundo está educado, solo que mucha gente está mal educada”.
Una frase para la reflexión. Hace falta educación, pero buena educación.

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