Artículos, parlamentos

Visibilidad

Por “visibilidad”, según el Diccionario de la Real Academia, se entiende “cualidad de visible”, o sea, que se puede ver o aplicando otro adjetivo “dicho de una persona: notable y que llama la atención por alguna singularidad”. Y es que de eso se trata. De llamar la atención, de darse notoriedad o hacerse notar visiblemente. Y porque precisamente de eso se trata, se han suscitado tantas discrepancias con el reparto de los escaños en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo.
Como ya están informados, tal disconformidad fue expuesta por parte de la formación morada-conocida por PODEMOS- y que expresó su total desacuerdo con los escaños que le fueron asignados por parte de la mesa del Congreso de los Diputados, que es el órgano a quien corresponde tal misión.
En la Cámara baja existe una tradición en lo que concierne a la distribución de los bancos de sus señorías: los partidos de la derecha se sientan a la derecha del hemiciclo -desde la posición de la presidencia de la mesa- y los de la izquierda, a la izquierda. Y la bancada azul siempre corresponde al gobierno. Pero esto también es vulnerable. Y los diputados de dicho partido se sentarán en los bancos de toda la parte superior izquierda, desde la cuarta fila hacia arriba. Es obvio que la visibilidad es menor cuanto más arriba se esté.
No hay nada reglamentado sobre el reparto de escaños en el hemiciclo y se pacta al inicio de cada legislatura. En el artículo 55 del Reglamento del Congreso de los Diputados sólo se indica que “los diputados tomarán asiento en el salón de sesiones conforme a su adscripción a Grupos Parlamentarios y ocuparán siempre el mismo escaño” y añade que habrá en el salón de sesiones un banco especial destinado a los miembros del Gobierno. Es lo único, por lo que nada se especifica y concreta sobre la distribución física de cada parlamentario.
Los representantes de PODEMOS pretendían la zona en la que estuvieron en la sesión de constitución, (en el centro y tras los escaños azules del Gobierno), pero claro, en aquella ocasión se sentaron al albedrío y quien antes llegaba, antes cogía sitio. Ya saben ese dicho “Quien fue a Sevilla, perdió la silla”. Esto es, que es cuestión de “visibilidad”, que a la postre es de lo que se trata en política, que a uno le vean para ejercer su panoplia doctrinal.

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Artículos, Casa Real

Ejemplaridad

El inicio del juicio conocido como el caso “Nóos”, al margen de la cuestión meramente judicial, también pone de manifiesto una cuestión de ética, de moralidad y de ejemplaridad. Y lo es porque están implicados personajes de la vida pública que han abusado del poder que ostentaban en función de su cargo para enriquecerse. La película, lamentablemente, ya la hemos visto hasta la saciedad.
La atención mediática se centra fundamentalmente en la presencia en el mismo doña Cristina, hija del rey emérito, don Juan Carlos y de su yerno, Iñaki Urdangarin. Una implicación que trasciende el interés doméstico, pues su repercusión traspasa nuestras fronteras.
En más de una ocasión hemos comentado que aquellas personas que ejercen una actividad pública, tienen que esgrimir un comportamiento ejemplar. La proliferación de los casos de corrupción protagonizados por representantes institucionales, ha provocado un carrusel de normativas, leyes y códigos denominados de Ética y Trasparencia que pretenden regular dicha actividad público-política.
Pero incluso la Casa Real tiene sus propias normas de transparencia, donde se dice que “los miembros de la familia de Su Majestad el Rey, que no sean miembros de la Familia Real, no desarrollarán actividades de carácter institucional”-y la infanta y su esposo son integrantes de la familia del rey-. Obviamente esta decisión del nuevo soberano se produjo al poco tiempo de ser proclamado, y entonces ya había estallado el aludido “caso Nóos” y que afectaba a su cuñado y a su hermana, la infanta Cristina.
Es más que obvio afirmar que quien aspira a representar los intereses generales ejerciendo un cargo público, sabe que ha de actuar con honestidad, dignidad y con ejemplaridad. Entonces, sobra tanta ley o códigos éticos y de buen gobierno. Es una cuestión de conciencia. ”Ejercerán sus funciones atendiendo al principio de buena fe y con dedicación al servicio público, absteniéndose de cualquier conducta que sea contraria a estos principios y con la diligencia debida en el cumplimiento de sus obligaciones. Mantendrán una conducta digna”, se dice e la Ley de Transparencia que aprobó el actual Gobierno.

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Indumentaria parlamentaria

La sesión constitutiva de la XI legislatura las Cortes Generales pasará a la historia más que por la solemnidad de la misma, que debe ser lo habitual y tradicional, por su peculiaridad anecdótica y que ha sido reflejada hasta la saciedad en los medios de comunicación.
La irrupción en el sistema del poder por parte de representantes de formaciones comúnmente conocidas como “antisistema” (aunque parece una contradicción) o populistas ha permitido presenciar en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo o la Plaza de las Cortes unas escenas hasta ahora poco frecuente en dicho espacio parlamentario.
El decoro parlamentario se entiende principalmente por la observancia de unas normas básicas de comportamiento y de respeto y trato. Lo de la vestimenta, sin estar obligado, se sobreentiende que cada cual vestirá en consonancia con el lugar y el grado de ceremonia. No obstante, es oportuno traer a colación las normas establecidas sobre vestimenta “decorosa” para acceder al Congreso que acordó la Mesa de la Cámara Baja el 21 de junio de 2011, impulsadas el entonces presidente del Congreso, José Bono. En ellas se indica que “el acceso y la circulación por los edificios del Congreso de los Diputados deberá efectuarse con la vestimenta adecuada al decoro exigible”. Las mismas se sustentan en “unos criterios, mínimos pero claros, que permitan compatibilizar la propia imagen que cada ciudadano quiera tener con el respeto a la dignidad y decoro de la Cámara”.
La etiqueta de la Cámara exige en los actos solemnes traje oscuro caballeros y vestido corto damas. La cuestión es quien determina la solemnidad, la institución o queda a criterio de cada parlamentario. Una sesión constitutiva obviamente siempre es solemne.
Por cierto, en las aludidas normas se especifica que los ujieres serán los encargados de velar por su cumplimiento e “impedirán la entrada a quienes no se adecúen a las mismas”. Lo tienen claro…y difícil de ejecutar.

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Las fórmulas

Nada más asumir el poder, ya ha marcado la línea de trabajo: romper con lo que el sistema establece y no acatar las normas que regulan el funcionamiento de un Estado. Nos estamos refiriendo a la sesión de investidura de Carles Puigdemont como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña. Primer detalle: en el espacio donde se celebró la ceremonia, sólo estaba la bandera de Cataluña, cuando la ley (39/81) obliga a exhibirla junto a la de España.
En la misma, en lugar de utilizar la fórmula legal para la toma de posesión de cargos o funciones públicas (real decreto707/1979, de 5 de abril), optó por responder a la pregunta que le hizo la presidenta del Parlamento autonómico “¿Prometéis cumplir lealmente las obligaciones del cargo, con fidelidad a la voluntad del pueblo de Cataluña representado por el Parlament?”, y lo hizo con un “si prometo”. De esta manera obvió lo que recoge dicha disposición “Juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo… con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución, como norma fundamental del Estado?”. O lo que es lo mismo, no contempló la normativa legal.
El nuevo titular del Gobierno catalán, cuando tomó posesión como alcalde de Gerona usó la fórmula propuesta por la Asociación de Municipios por la Independencia que añadía al juramento o promesa previsto por la ley una frase: “Anuncio que resto a disposición del nuevo Parlamento, del presidente y del gobierno de la Generalidad de Cataluña que surja de las elecciones del 27 de septiembre de 2015 para ejercer la autodeterminación de nuestro pueblo y proclamar, junto con todas nuestras instituciones, el estado catalán libre y soberano”.
Pero esta semana ha habido otras dislocaciones de la normativa en vigor. Los diputados de PODEMOS en su toma de posesión en el Congreso, han utilizado la fórmula de “trabajar para cambiar la Constitución” e incluso otros añadían una declaración particular, como su secretario político, Íñigo Errejón, quien agregó: “Nunca más un país sin su gente y sin sus pueblos. Por la soberanía del pueblo, por una España nueva, per la fraternitat entre els pobles. Porque fueron, porque somos, serán. Nunca más un país sin su gente”.
Los inventos, mejor con gaseosa. Son más inofensivos.

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Vandalismo

Ya hemos comentado otra vez como el vandalismo es una lacra social que es necesario combatir, aun cuando resulte difícil hacerlo, pero al menos hay que intentarlo desde la base. Porque una cosa es hacer una gamberrada, que siempre las hubo, y otra muy distinta es perpetrar un delito, y las acciones vandálicas lo son.
El vandalismo es un concepto que puede utilizarse para aludir a la destrucción propia de los antiguos vándalos, supone .una conducta destructiva que no respeta la propiedad ajena. Recordemos que los vándalos eran un pueblo bárbaro de origen germánico oriental que quedó perpetuado en la historia como símbolo del salvajismo y de la falta de civilidad y consecuentemente el término vándalo se utiliza para describir a la persona que comete acciones propias de la gente salvaje.
Estas actuaciones son recriminables, porque sus autores, que generalmente quedan siempre en el más absoluto anonimato, transgreden cualquier norma o pauta de actitud pública civilizada. Quienes actúan conculcando las más mínimas reglas de convivencia urbana, lo hacen porque adolecen de una educación básica, porque nadie se ha preocupado de explicarles qué es eso del civismo o de la civilidad. O sencillamente, porque el sistema falla.
Obviamente no es fácil erradicar el vandalismo urbano. Por ello es importante concienciar y sensibilizar a la sociedad que una convivencia se sustenta en el respeto de unos con otros. Y todo eso es preciso inculcarlo desde la raíz, formando a nuestras generaciones en la necesidad de crecer con valores y que éstos les permitan comportarse con civilidad, labor esta que hay que empezar a ejercerla en el seno familiar.

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Artículos, Educación

Puñetazo, educación y valores

La agresión sufrida por el presidente del Gobierno en Pontevedra cuando estaba paseando con motivo de la pasada campaña electoral y donde un joven, menor de edad, le propinó un puñetazo, ha puesto de relieve varias circunstancias.
Una, la crispación que está instalada entre la clase política, sumida en una visceralidad nada civilizada y propiciada por parte de sus dirigentes quienes como soporte argumental utilizan auténticos dardos envenenados en forma de diatribas que no tienen sitio dentro de la mera oratoria.
Otra, que estamos inmersos en una sociedad donde se han perdido los valores y por ende, la educación y el respeto. Porque va más allá de una cuestión de orden público el hecho de agredir a un alto representante del Estado. Es además una cuestión de formas. Porque si un joven decide tal actitud y protagoniza este episodio violento, significa que el sistema falla. Significa que no ha recibido una correcta educación basada en el respeto hacia los demás-que además, empieza por el respeto hacia uno mismo- y en el fundamento de unos valores que sirven para articular cualquier sociedad civilizada.
Cuántas veces hemos comentado la necesidad de educar adecuadamente a nuestra juventud y a complementar su formación académica con la humanística. A enseñarles la importancia de tener buena educación. Un joven educado es menos proclive a comportarse como un vándalo, de esos que queman contenedores o vuelcan papeleras. Y por supuesto no pretendemos demonizar a nuestra juventud.
Las discrepancias en la forma de pensar jamás deben traspasar la delgada línea de la civilidad. El peso de las palabras no puede conllevar un lastre más allá de la oratoria. Hay que respetar siempre la opinión del adversario que es precisamente eso, adversario, pero no enemigo, término éste únicamente admisible para contiendas bélicas.

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Artículos, Educación

Debate de formas

Cuando en un debate sobresalen las formas antes que el fondo, a la postre, la audiencia se queda con la esencia de aquellas y el contenido queda difuminado, solapado a un segundo plano. Por nuestra parte, reiteradamente hemos comentado la mala imagen que se dan en nuestras cámaras de debate locales, sobretodo la más próxima a nuestra ciudadanía que es el Ayuntamiento- aunque es cierto que en la actual legislatura está en perfil bajo-cuando en las deliberaciones prevalecen los malos modos.
Pues bien, el eufemísticamente bautizado como el “debate final” o si les apetece decisivo, entre el jefe de la oposición y el actual presidente del Gobierno, una vez desarrollado, los comentarios que suscitó giraban en el mismo sentido: bronco, agresivo, tensionado, a veces incluso exabrupto y en el que tampoco faltaron palabras que pueden definirse como insultos: indecente, mezquino, ruin, miserable… Expresiones que vulneran la honorabilidad de sus protagonistas.
Nuestro DRAE define indecente como “no decente, indecoroso” e indecoroso” y “que carece de decoro, o lo ofende”. Ruin es “vil, bajo y despreciable” o “persona baja, de malas costumbres y procedimientos”. Mezquino es “pobre, necesitado, falto de lo necesario” y miserable “perverso, abyecto, canalla” o “abatido, sin valor ni fuerza”.
Obviamente, en el fragor de cualquier discusión es fácil dar rienda suelta a la lengua y propiciar palabras malsonantes que agravian al contrincante. Pero un buen orador sabe dominarse y utilizar la expresión adecuada a cada momento. La mecánica de un debate implica controversia donde cada uno ha de respetar la intervención del otro y cuando se produzcan réplicas éstas han de hacerse dentro de un comportamiento correcto y evitando las constantes interrupciones, pues ello implica una falta de respeto hacia el oponente.
Así pues, es una lástima que la audiencia se quede con lo anecdótico de la crispación antes que los mensajes de sus intervenciones. Un debate no puede convertirse en un foro con tintes de feria. Decía el filósofo frigio Epícteto: “Ante todo, piensa antes de hablar para asegurarte de que hablas con buena intención. Irse de la lengua es una falta de respeto hacia los demás. Descubrirte a la ligera es una falta de respeto a ti mismo”.

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