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Espectáculo congresual

El Congreso de los Diputados se ha convertido en el gran teatro de la Divina Comedia, con permiso de Dante Alighieri-aunque en este caso, tenga muy poco de divina y mucho más de esperpéntica, con permiso de Valle Inclán-. Un espacio otrora “sacrosanto”, por ser desde donde emanan todas las leyes ahora, lamentablemente, acoge sainetes y óperas bufas.
Ortega y Gasset escribió en “Vieja y nueva política” que “el Parlamento es representación, mero reflejo y sombra de la realidad política exterior” y añade “el único lugar donde no está un pueblo es aquel en que está su representación”. Y de eso se trata. De que quienes ocupan esos escaños están ostentando una representación. Una de las acepciones que recoge nuestro Diccionario de la Real Academia es que como representación también se entiende “categoría o distinción social”.
Pues bien, después del último espectáculo al que hemos asistido en la solemne sesión de apertura de las nuevas Cortes Generales, podemos aseverar que muchas señorías no son dignas de ostentar tal representación debido a que su comportamiento no estuvo acorde a la solemnidad del evento. Porque si un acto está revestido de esta peculiaridad, quienes participan en el mismo están obligados a actuar en correspondencia con el mismo. O dicho de otra manera, tienen que guardar las formas. No cabe otro tipo de interpretación.
Algunos diputados visibilizaron una interpretación y puesta en escena con la finalidad de que fuese reflejada en los medios de comunicación y lo hicieron protagonizando una absoluta falta de respeto tanto al monarca que presidía esta ceremonia como a la propia institución en la que asientan sus ilustres posaderas-lo de ilustres es por el tratamiento vocativo que conlleva el cargo-. Actitudes en cuanto a permanecer sentados durante el himno, exhibir símbolos no autorizados o vestir de manera inadecuada para la solemnidad del evento e incluso con camisetas reivindicativas.
Y algo similar sucedió con motivo del minuto de silencio que se guardó en esta Cámara por el fallecimiento de Rita Barberá. Un gesto de respeto que los diputados del partido morado no quisieron secundar.
Ya decía Ortega y Gasset “el lugar donde menos quehaceres políticos puede haber es el Parlamento; allí no debía irse sino a refrendar la organización del espíritu público realizada fuera”. Demasiado profundo para algunas señorías.

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Buen tono político

Si hace unos días aludíamos a las palabras del titular de la Cámara autonómica gallega, Miguel A. Santalices en cuanto a instar a que en esta recién inaugurada legislatura predominase el “respeto institucional”, hoy queremos asumir las palabras del reelegido presidente del gobierno gallego Alberto Núñez.
En su intervención en la sesión de investidura, dejó constancia del agradecimiento por el tono de las intervenciones de los portavoces de la oposición, constando que se había producido “un cambio de formas” que es “bueno”, porque “se puede discrepar profundamente con enorme educación”. Y en su discurso pidió que en esta nueva legislatura no se reproduzcan comportamientos “que no definen a una sociedad”, erradicado actitudes de “incivismo” y de “ofensa gratuita”. Y subrayó que la pasada legislatura “no constituyó el mejor ejemplo de comportamiento que debe presidir la Cámara”, añadiendo que hay que olvidar “la dialéctica del aplauso fácil y el golpe en la mesa”.
Es más que obvio que esta debe ser siempre la tónica que impere en el desarrollo de cualquier sesión parlamentaria, ya sea ésta en el Congreso de los Diputados, en la Cámara autonómica, en una sesión de la Corporación Provincial o en el Ayuntamiento, en donde, por cierto, y nos referimos al de Ourense, eso del buen tono político no siempre se produce, como aquí mismo ya hemos puesto de manifiesto, lo que incluso se ha utilizado como referente en una sesión plenaria.
De ahí que enfaticemos en las palabras, primero del titular del Parlamento de Galicia y luego del presidente de la Xunta, en cuanto a poner de manifiesto la necesidad de mantener esa moderación y sentido en el debate parlamentario, guardando las formas y sobretodo, respetando siempre al adversario político. Y porque de un buen debate en el seno de una Cámara, siempre se sacan conclusiones positivas.
Ya lo decía Baltasar Gracián “la discreción en el hablar importa más que la elocuencia”. Eso mismo. Apliquemos esta sentencia de este escritor y jesuita aragonés.

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El tapiz real

Hemos visto la foto en múltiples ocasiones y de un tiempo a esta parte, además, se han repetido. Nos referimos a las audiencias públicas que Felipe VI ofrece a los líderes de los partidos políticos en la sala de audiencias del Palacio de la Zarzuela. Lo normal es fijarse en la imagen donde aparecen el monarca y su invitado, pero apenas se repara en el fondo de esa imagen.
El elemento principal de la sala es un tapiz flamenco, de oro, plata, lana y seda, de finales del siglo XVI, “Alejandro distribuye riquezas entre sus amigos” atribuido a Jakob Geubels II y a Jan Raes. El tapiz describe a Alejandro antes de iniciar la guerra contra los persas, haciendo sacrificios a Júpiter Olimpo, cerca de la ciudad de Dio, en Macedonia. Esta es su fragmento de historia.
Este espacio mediático ha adquirido mayor preponderancia tras algunas variaciones en el protocolo de la Casa Real, pues el rey aguarda a las personalidades que pasan casi a diario por ese lugar. Siempre en el mismo espacio. De esta forma, esta sala se ha convertido en un emblemático escenario del poder, pues en la misma se llevan a cabo importantes ceremonias. Desde la renuncia de Juan de Borbón a sus derechos dinásticos a la imposición del fajín de Capitán General a Felipe VI durante su acto de proclamación, pasando por todos los actos de jura o promesa del cargo de presidentes del Gobierno, ministros y magistrados del Tribunal Constitucional desde el reinado de Juan Carlos I.
De esta manera, este marco de Palacio se ha convertido en una imagen institucional de la liturgia del poder. El monarca aguarda a su invitado y le saluda (otras veces fue al revés). Posado y luego a otra cosa. Lo bueno de este tapiz es que no representa escenas cinegéticas y que no suelen ser muy recomendables como fondo para fotos, más que nada por si se cuela, que de hecho ya ha sucedido, alguna cornamenta encima de la cabeza de alguien. De todas formas, a lo mejor tampoco habría que interpretar el contexto de este tapiz, relacionado con el reparto de riquezas…entre sus amigos, tal como se titula.

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Compostura parlamentaria

El presidente de la Cámara legislativa autonómica, Miguel A. Santalices ha mostrado su preocupación por la manera de vestir de algunos diputados autonómicos “hay vestimentas que dejan mucho que desear en el Parlamento gallego”, ha aseverado en unas declaraciones públicas.
Ciertamente. Ratificamos sus opiniones. Porque además no es la primera vez que hemos manifestado como una parte de nuestra clase política no observa unas pautas mínimas en cuanto al saber estar y no sólo nos referimos a la cuestión de la indumentaria, sino al comportamiento y actitudes es sus escaños camerales.
“No creo que guardar la compostura en determinadas cosas esté reñido con ser de derechas o ser de izquierdas”, subraya Santalices. Tiene toda la razón. La compostura y todavía más la vestimenta no define una cultura ideológica, sólo es una tendencia de la propia moda. Claro, a no ser que la moda política sea participar en la vida pública vistiendo una ropa que implica un mensaje: mangas de camisa para ir a Congreso de los Diputados o al Palacio Real y esmoquin para una gala de entrega de premios…
A pesar de ello, el titular del Parlamento de Galicia anunciaba que no va a “vigilar” o poner reparos a la forma de vestir de los diputados, aunque si hará una “labor preventiva” e intentar “reconducir” la situación, pues, argumenta con criterio “un pleno es un lugar donde la sociedad nos está mirando”. Una gran verdad. Un pleno es un escaparate público donde se exhiben nuestros políticos.
Y claro, en el caso de la cámara legislativa autonómica no dispone de un código o reglamento que regule la vestimenta, como sí existe en el Congreso de los Diputados, aunque de un tiempo a esta parte, estamos comprobando que una parte de sus señorías no observan esas normas que les obliga a vestir con sobriedad en ocasiones tan solemnes como una sesión de constitución de la cámara o una sesión de investidura.

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Respeto institucional

En otra ocasión hemos hablado a propósito de la necesidad de convivir dentro de un ambiente donde prime el respeto, pero no sólo a nivel social, sino, y aquí hacíamos una incidencia especial, dentro del ámbito político. Pues bien. El reelegido presidente del Parlamento de Galicia, Miguel Angel Santalices, en su discurso de constitución de la X legislatura, se refirió precisamente a este tema.
“Que esta sea la legislatura del respeto institucional”, pidió el titular de la cámara legislativa gallega, añadiendo que “es mi función y por eso velaré”, pidiendo la colaboración de todos para desempeñar esta tarea. Pues ojalá que este propósito de intenciones se materialice y las actuaciones de nuestros parlamentarios respondan a esta filosofía del respeto a la institución y todos los demás.
De momento lo que hay que respetar es la fórmula de jura o promesa para tomar posesión del escaño. En otra ocasión nos hemos referido a esas modas que se han implantado, sobre todo por parte de representantes de fuerzas de la izquierda, a partir de PSOE, en cuanto a improvisar frases. Existe una disposición, el Real Decreto 707/1979, de 5 de abril, por el que se determina la fórmula de juramento o promesa para la toma de posesión de cargos o funciones públicas. En el mismo se contempla cómo se enuncia esa fórmula con el objeto de “cumplir fielmente las obligaciones del cargo con lealtad al Rey y de guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado”.
En la sesión constitutiva se esgrimieron frases en el momento de jurar o prometer ese cargo, como, además del manido “por imperativo legal”, “ser “fieles” a Galicia y defender los derechos nacionales y sociales de los gallegos”. Otra: “Prometo defender con una marea de alegría e ilusión, la libertad, la dignidad y la felicidad de la sociedad gallega. Para esta alta función comprometo a mi palabra y, si necesario fuese, mi vida”. Y también: “Devolver a Galicia el poder sobre sí misma” para que “nunca más sea gestionada de espaldas a la gente”.
Es una muestra de los nuevos tiempos que vive la clase política donde parece que está de moda- pero nunca ello es correcto- atentar contra las normas, cuando éstas regulan la vida institucional y son las que dan sentido al ejercicio de su actividad pública.

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Convivencia y respeto

Decía Jean Jacques Rousseau que “Siempre es más valioso tener el respeto que la admiración de las personas”. Cuantas veces se hace uso de esta palabra, respeto, pero cuantas veces más no se aplica y mucho menos se tiene en cuenta.
La base que sostiene una sociedad es precisamente el respeto entre sus individuos como tales componentes de su tejido social. Cicerón escribió en su obra “Sobre los deberes”: “La virtud se ejercita tratando con moderación y cortesía a aquellos con quienes nos reunimos socialmente”. En realidad, toda la literatura clásica es una fuente constante del ejercicio de las virtudes por parte del ser humano.
Convivir, lo hemos dicho más de una vez, es respetar una serie de reglas y normas que regulan esa convivencia. Sólo así es factible compartir espacios comunes con nuestros congéneres o convecinos. “No hay cosa más amable ni que una más fuertemente que la semejanza de costumbres en los hombres de bien”, continúa explicando el citado filósofo latino.
Respetar las normas, comportarse de acuerdo con nos códigos sociales que regulan la convivencia, actuar guardando la compostura y propiciar un clima de mutuo respeto con los demás. Sólo así es factible construir una sociedad civilizada, donde cada individuo sabe a qué tiene que atenerse y es consciente que únicamente respetando a los demás, podemos movernos en armonía.
Y en política, el respeto es un ejercicio imprescindible. En política, confrontar, no es enfrentar. Y la mejor prueba de este ejercicio es un debate en un foro o en una cámara. La exposición de argumentos se ajustan a un formato en cuanto al contexto, pero también a la praxis en cuanto a la defensa que se hace de los mismos. Disentir o discrepar forma parte de la dialéctica, pero siempre manteniendo las formas y evitando el insulto. Es la mejor muestra de respeto. Porque además, en política, no hay enemigos, sino adversarios.

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Educación y comportamiento

El reciente incidente acontecido en un colegio de Palma y donde, como están informados, una niña de ocho años fue agredida por un grupo de jóvenes entre 12 y 14 años, y todo porque les cogió la pelota con la que jugaban al sonar el timbre que anunciaba el fin del recreo, ha vuelto a poner de relieve el grave déficit por el que atraviesa la educación de nuestros jóvenes.
Hablamos de educación como concepto de valores. Esporádicamente los medios de comunicación recogen noticias relacionadas con agresiones, vandalismos y actos incívicos protagonizados por adolescentes. Sin embargo, el tema implica mayor envergadura dado que se produjo en unas instalaciones escolares.
La preocupación por este tipo de comportamientos es constante. Pero es una responsabilidad tanto de padres como de profesores, si bien éstos siempre dentro de su espacio competencial. De hecho, la Ley 4/2011, de 30 de junio, de Convivencia y participación de la comunidad educativa, en su exposición de motivos subraya: ”La convivencia en los centros docentes constituye en todas las sociedades desarrolladas un motivo de preocupación creciente, que no se circunscribe únicamente a los problemas que conlleva el mantenimiento de la disciplina en las aulas, sino también a las relaciones entre el propio alumnado, lo que ha llevado a tomar conciencia de la gravedad que revisten fenómenos como el acoso escolar”.
Y añade que la presente ley parte de la convicción de que sin un ambiente de convivencia en los centros educativos basado en el respeto mutuo no es posible dar cumplimiento a los fines de la educación ni permitir el aprovechamiento óptimo de los recursos educativos. Una implicación que afecta a todos los miembros de la comunidad educativa –madres y padres, profesorado, personal de administración y de servicios y alumnado–, así como de la propia Administración educativa y muy especialmente en la corresponsabilidad de las madres y padres o tutoras o tutores en dicha tarea.
Es congruente traer a colación a Plutarco quien en sus Obras Morales destaca la importancia de la educación en un periodo difícil como es la adolescencia, donde recomienda a los padres “estar de guardia y vigilar a los hijos, para corregirles con prudencia e inculcándoles que actúen con templanza”.

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