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Urbanidad parlamentaria

Pues buena falta hace que nuestros parlamentarios hagan un curso de urbanidad. Lo hemos comentado en más de una ocasión. La cortesía parlamentaria brilla por su ausencia. Basta con asistir a una sesión cameral para percatarse de ello. Pues bien, en una de las últimas sesiones salió este tema a colación.
El origen estaba en que un diputado del PP, Pablo Casado, había afirmado que la Generalitat se estaba comportando como los regímenes “xenófobos” y “totalitarios”. Esta aseveración molestó al portavoz parlamentario de ERC, Joan Tardá y en la sesión plenaria pidió a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría que se disculpase por las palabras de su compañero de escaño, a lo que ésta replico irónicamente: “¿Quiere que demos un curso de urbanidad parlamentaria con Rufián?”, en clara alusión a este diputado catalán que cada vez que sube al estrado escupe perlas que atentan contra el decoro y las buenas formas.
Decía el filósofo estoico frigio Epicteto, que se pensase antes de hablar “para asegurarte de que hablas con buena intención” y reflexionaba que irse de la lengua “es una falta de respeto hacia los demás. Descubrirte a la ligera es una falta de respeto a ti mismo” y añadía que “la charla frívola es una charla hiriente; además, es impropio ser un charlatán”. Lo que pasa es que no debe ser habitual que nuestros parlamentarios se empapen de los conocimientos de nuestros clásicos. Y luego son más susceptibles. Como dijo la vicepresidenta en aquella misma sesión del Congreso, “usted tiene más fina la piel que la boca”.
Repetidamente hemos venido comentando que la cortesía, el decoro y la urbanidad no se prodigan precisamente en la Cámara de la Carrera de San Jerónimo, un lugar donde eso de guardar las formas como que parece algo atávico. Por eso habría que asumir la propuesta para que sus señorías ilustrísimas asistiesen a cursos de urbanidad donde se les expliquen las nociones básicas de comportamiento social.

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La inauguracion

La reciente ceremonia de toma de posesión de Donald Trump, los americanos la denominan “la inauguración”. Nada tiene que ver con este tipo de actos, tal y como se celebran, como por ejemplo sucede en nuestra España, o parafraseando a la desaparecida cantautora Cecilia “mi querida España, esta España mía, esta España nuestra”. En EEUU son más espectaculares, más plásticos o cinematográficos. Como si Hollywood hiciese el guión de la puesta en escena. Y cuantas veces hemos visto esta ceremonia plasmada en la gran pantalla.
Música y color. Banda sonora a base de fanfarrias, pífanos y tambores. Como si la orquesta estuviese dirigida por el mítico Glenn Miller. Actores protagonistas, secundarios y multitud de figurantes y extras. Todo para investir al personaje que ostenta el título eufemístico “del líder del Nuevo Orden Mundial”. Y hasta el escenario tiene un significado emblemático: las escaleras del Capitolio, profusamente engalanadas con reposteros, banderas y alfombras o moqueta con los colores azul, blanco y rojo. El propósito de esta manifestación no es otro que dar al mundo un mensaje exultante de poder.
Pero cuando el protagonista es Donald Trump, cualquier guión corre el riesgo de ser alterado, ante la sorpresa del regidor: llega con retraso al servicio religioso en la iglesia episcopal de Saint John cercana a la Casa Blanca-una tradición de todos los presidentes-; en la ceremonia de Juramento coloca sobre la biblia “oficial”(la que usó Lincoln) otra que le había regalado su madre cuando acabó Primaria-ambas sostenidas por su esposa-; se baja del coche oficial mientras la comitiva se dirige al Capitolio para seguir a pie darse un baño de multitudes…por no hablar de su corbata, que pocas veces la lleva como hay que hacerlo: hasta la altura de la hebilla del cinturón. En cualquier caso, son detalles anecdotarios que quedan solapados por la magnificencia del propio espectáculo en sí de la “inauguración”.
Una vez más recurrimos al sociólogo Georges Balandier quien sostiene que “el gran actor político dirige lo real por medio de lo imaginario” y se refiere a cuando el Estado se transforma en “Estado-espectáculo”, o lo que es lo mismo, en un teatro de ilusiones. Sólo basta con observar la vida política.

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La educación, clave del éxito

“Con mucho trabajo duro y una buena educación todo es posible”. Esta aseveración corresponde a la ex primera dama de Estados Unidos, Michelle Obama y que pronunció en su discurso de despedida y como último acto público en la Casablanca ante un grupo de jóvenes. La educación ha sido una de sus prioridades en los ocho años de la legislatura. En este tiempo, ha reiterado que “la educación es la clave del éxito”. En esta intervención defendió los valores de la diversidad: “ese es el mensaje de esperanza que deberían compartir los políticos”, dijo.
Precisamente el presidente electo Donald Trump, en su discurso de investidura, hizo también referencia a la educación, pero para censurar la gestión de su antecesor: “Los americanos quieren buenas escuelas para sus hijos. Un sistema educativo lleno de dinero pero que deja a nuestros jóvenes y hermosos alumnos sin conocimientos; y la criminalidad, las bandas y las drogas que tantas vidas han robado y tanto potencial han impedido hacer realidad”.
Con el tema de la educación de nuestros jóvenes hay que evitar hacer demagogia, cosa que lamentablemente se suele producir. El sistema no es sólo dotarle de un presupuesto e implantar un programa educativo y que por lo general es afín a la ideología del gobernante de turno. Se tiene que fundamentar en valores que están por encima de tales pensamientos o culturas políticas. Debe basarse en la formación humanística sustentada en unos principios exentos de cualquier manipulación contaminante.
Escribía Ortega y Gasset que “Si educación es transformación de una realidad en el sentido de cierta idea mejor que poseemos y la educación no ha de ser sino social, tendremos que la pedagogía es la ciencia de transformar las sociedades”. Y recientemente Javier Urra, psicólogo forense de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia, actualmente en excedencia, afirmaba que “Educar es enseñar qué es el deber, Pero eso no se consigue solo con decir palabras; Educar no es hablar, es generar hábitos”.
Y ya lo sentenció Platón “Una buena educación forma un buen carácter”.

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La importancia del protocolo

El protocolo es eso de lo que mucha gente habla, pero en realidad, poca tiene un conocimiento exacto de lo que es y para lo que sirve. Es una acepción que abarca muchos ámbitos de aplicación. Porque no sólo nos estamos refiriendo al ámbito del ceremonial, que es el que en nuestro caso nos compete por profesión, sino a que hay protocolos médicos, notariales y documentales, procedimentales, etc.
La sociedad, en general, lo entiende cuando se trata de su uso en lo que atañe a celebraciones o actos. La globalidad del concepto protocolo abarca diversas áreas todas ellas relacionadas con el saber estar en los distintos eventos de la vida pública, de conocer las normas reguladoras de los distintos ritos y ceremoniales sociales, de determinar un orden y precedencias, una forma de tratar, de saber organizar un evento con rigor y disciplina. Acciones que tienen gran incidencia en la imagen de lo que se organiza y particularmente, en la imagen de quien lo protagoniza.
Y esto del Protocolo, ¿para qué sirve?… Cuantas veces nos han hecho y nos seguirán haciendo esta “dichosa” pregunta. Los profesionales sabemos para qué sirve el Protocolo. Los ignorantes, porque lo ignoran, no saben para qué vale y quienes tienen la obligación de saberlo, parece que prefieren ignorarlo.
Esto, que puede asemejarse a un galimatías, es un puro reflejo de la realidad que vivimos y que se traduce en una cuestión de credibilidad de lo que representa el Protocolo (así, con mayúscula).
Y mientras no se valore lo que significa en la sociedad de hoy, nos resultará difícil a quienes estamos inmersos profesionalmente en este ámbito, convencer de su utilidad. Y si no se le da importancia al Protocolo, consecuentemente, no se considera oportuno contar con los servicios de un responsable que se ocupe del mismo. Este es el gran reto que tiene ahora mismo la Asociación Española de Protocolo. Concienciar a la sociedad de la necesidad de contratar a estos profesionales.
Y lo más simpático de la cuestión, es que algunos piensan que el protocolo es fácil y no requiere tantas ceremonias, porque solo les vale para que cuando llegan a un acto, alguien les siente. Para sentarse, sólo hace falta una silla, pero para determinar donde se coloca esa silla y quien la ha de ocupar, porque hay unas precedencias contempladas en una normativa, hace falta un profesional del protocolo. Todo lo demás, es arriesgarse a hacer el ridículo y quedar como un resabido ignorante.

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Dar ejemplo

Tanto el reciente discurso de fin de año del presidente de la Xunta, Alberto Núñez como el del presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, han tenido puntos de coincidencia: entendimiento, diálogo, madurez… resumiendo, actitudes tendentes a dar ejemplo a la ciudadanía. Ya lo hemos dicho en muchas ocasiones. Los políticos tienen que actuar ejemplarmente. Lamentablemente, este propósito no se prodiga. Rectificamos. Se prodiga el mal ejemplo, no la ejemplaridad, cuyo sentido es servir de ejemplo, pero positivo.
El titular del ente autonómico en su intervención, subrayó “la democracia tiene sus raíces en el deseo de sentir y hacer las cosas juntos. Precisa ser afectiva efectiva. Sin afectos no pasa de ser una fórmula fría” y añadía “construimos un país de afectos en el que las discrepancias siempre tienen un camino para llegar al acuerdo y donde el acuerdo surge tras normales discrepancias”.
“Deseo que ese espíritu-continuó Alberto Núñez-se traslade a la vida pública, sin menoscabo de un debate que siempre es enriquecedor. No estamos los políticos “condenados” a entendernos porque el entendimiento nunca puede ser una condena. Estamos animados a hacerlo para estar a la altura del ejemplo que nos proporciona nuestro pueblo”.
Por su parte, Mariano Rajoy habló de voluntad de diálogo, de facilitar entendimiento, actitud responsable y constructiva. “Dialogar y ceder para llegar a acuerdos es posible y que además es imprescindible cuando así lo han exigido los ciudadanos. Tenemos ante nosotros la oportunidad de ofrecer un ejemplo de madurez y de responsabilidad”.
Y aludió a la necesidad de conseguir esas mejoras para la vida de los ciudadanos. “Al fin y a la postre es el objetivo común de todas las administraciones, sea cual sea su signo político”, agregó. Y de pasó el titular del Gobierno español afirmó que “tampoco vamos a dejar de defender los valores en los que se basa nuestra convivencia”, como por ejemplo, la unidad de España.
Quedan trescientos cincuenta y dos días para cumplir estos objetivos.

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Deseos para el nuevo año

Coincidiendo con el inicio de un nuevo año, cada cual hace su propósito de enmienda y establece una hoja de ruta para afrontar el futuro procurando introducir mejoras en su forma de vida y que no siempre afectan a lo puramente material, sino también a lo personal.
Por eso sería oportuno que en ese dietario se incluyese un apartado dedicado a las relaciones humanas, o si lo prefieren, a las relaciones sociales y que suponen el abecé de nuestra convivencia cotidiana. Porque vivimos en sociedad y por ello, necesitamos observar unas normas esenciales que ayuden a mantener ese clima de concordia y de ciudadanía que se exige a cuantos formamos parte del entramado social.
Escribía Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas” que “la convivencia, sin más, no significa sociedad, vivir en sociedad o formar parte de una sociedad. Convivencia implica sólo relaciones entre individuos” y añadía “una sociedad es un conjunto de individuos que mutuamente se saben sometidos a la vigencia de ciertas opiniones y valoraciones”. Convivir, pues, es comportarse con respeto hacia uno mismo y hacia los demás, compartiendo espacios y reglas de juego social. Esgrimiendo valores y virtudes.
Otro autor, el pensador francés del siglo XVIII, Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, afirmaba que “las virtudes que enseña la sociedad no son tanto las que se deben a otros como las que se debe uno a sí mismo son lo que nos distingue más bien que lo que nos asimila a nuestros conciudadanos”. Virtudes. Palabra que parece en desuso. Qué poco se acude a las fuentes clásicas. Por ejemplo, Cicerón: “No hay más sociedad más noble y más firme que la que constituyen los hombres buenos, semejantes en las costumbres y unidos en amistad íntima”.
Dicho esto, ahora que iniciamos nuevo año, conviene pues reflexionar acerca del papel que desempeñamos en la sociedad. Educación, respeto y actitudes positivas. Porque no vivimos solos. Somos parte de un tejido social. Aquellos que faltan al respeto a esa sociedad, son quienes no desean estar en ella. Frase antológica del cómico Groucho Marx “Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no les conozco muy bien”. Apliquémosla.

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Respeto, civismo y valores

Su Majestad Felipe VI, en su discurso de Navidad, ha puesto de manifiesto la necesidad de una convivencia dentro de un clima de tolerancia, respeto y civismo. Cuantas veces por nuestra parte nos hemos referido a la carencia de esto, y sobretodo, y también aludió a ello el monarca, de valores.
“Me gustaría insistir en la necesidad de que cuidemos y mejoremos en todo momento nuestra convivencia. Y la convivencia exige siempre, y ante todo, respeto. Respeto y consideración a los demás, a los mayores, entre hombres y mujeres, en los colegios, en el ámbito laboral; respeto al entorno natural que compartimos y que nos sustenta. Respeto y consideración también a las ideas distintas a las nuestras”. Afirmó el monarca, añadiendo que “la intolerancia y la exclusión, la negación del otro o el desprecio al valor de la opinión ajena, no pueden caber en la España de hoy”.
Ciertamente. Repetidamente dejamos constancia del ejemplo que están dando nuestros representantes públicos cuando intervienen en los foros institucionales. Continúa diciendo el rey: “Tampoco son admisibles ni actitudes ni comportamientos que ignoren o desprecien los derechos que tienen y que comparten todos los españoles para la organización de la vida en común. Vulnerar las normas que garantizan nuestra democracia y libertad solo lleva, primero, a tensiones y enfrentamientos estériles que no resuelven nada y, luego, al empobrecimiento moral y material de la sociedad”. Porque la convivencia democrática tiene que estar basada en el respeto a la Ley. Que tomen nota los interesados.
Y también Felipe VI mostró su preocupación por la educación que forme a nuestra juventud en “en civismo y en valores”. Ciertamente, algo de lo que hoy en día se carece, “que prepare a nuestros jóvenes para ser ciudadanos de este nuevo mundo más libres y más capaces y que sepan aprovechar la experiencia de nuestros mayores”.
Y en su mensaje, ha habido consignas directas hacia la clase política: “Es esencial, de cara al futuro, que el diálogo y el entendimiento entre los grupos políticos permita preservar e impulsar los consensos básicos para el mejor funcionamiento de nuestra sociedad”. Aviso para navegantes. Pues nada. Feliz Navidad.

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